Por qué tienes que (re)leer Cien años de soledad, el libro de García Márquez en el que se inspiran los próximos conciertos de Shakira en Madrid

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En Macondo habita el realismo mágico de García Márquez. El de los Buendía y sus Cien años de soledad. Ahora, la también colombiana Shakira lo recrea para su próxima residencia musical en Madrid. El otoño de la diva.

Ambos son colombianos y muy populares, cada uno a su manera. Los une Barranquilla. En esta gran metrópoli portuaria donde siempre es verano vino al mundo Shakira y se curtió literaria y periodísticamente, en medio de la bohemia, Gabriel García Márquez. El Premio Nobel había nacido no lejos de allí, en Aracataca. La ciudad mágica rodeada de bananos que inspiró el Macondo de su novela Cien años de soledad (1967), aunque ya había aparecido en La hojarasca (1955), por primera vez, y en Los funerales de la Mamá Grande (1962). Y no sería la última. Todo muy caribeño.

Ahora, en este otro lado del charco y tierra adentro, la población que fundó el soñador José Arcadio Buendía ha servido, a su vez, de inspiración a Shakira Isabel Mebarak Ripoll para montar todo un mundo alrededor del escenario que acogerá su residencia musical en Madrid. El universo de sus 12 conciertos dentro de la gira Las mujeres ya no lloran, desde el 18 de septiembre hasta el 11 de octubre, se expande por las 15 hectáreas del recinto Iberdrola Music, distrito de Villaverde, con el nombre de Mundo Macondo (o Macondo Park). Cuánto tiene de realismo mágico ya se verá.
El Estadio Shakira, dentro de este particular Macondo, ha sido diseñado por el estudio del arquitecto danés Bjarke Ingels, BIG. Todo a lo grande. Un estadio con capacidad para 50.000 personas, distribuidas en 30.000 asientos escalonados y 20.000 en la arena. Los arquitectos han creado senderos curvos, cubiertos parcialmente por toldos de tela reciclada, para conectar espacios de ocio, zonas gastronómicas y áreas infantiles (un Macondito). No falta ni la librería. Se trata de celebrar la cultura latina de noche, pero también de día. Será una ciudad efímera, condenada a desaparecer, como el verdadero Macondo.

Regreso a Macondo

Si La Odisea de Christopher Nolan ha significado el regreso a la Odisea de Homero -o eso queremos pensar-, Shakira nos brinda la ocasión perfecta para volver a Macondo. Netflix ya hizo lo propio con la serie Cien años de soledad, dirigida por Laura Mora y Carlos Moreno, y rodada íntegramente en Colombia y en español. Como en el poema homérico, estamos ante uno de los comienzos más memorables de la literatura universal: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

Lo que viene a continuación, precisamente, es la presentación del Macondo de los principios: «Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos». Las razones para seguir leyendo son innumerables. Empezando por la construcción de este territorio mítico. Como había hecho Faulkner con el condado de Yoknapatawpha, Onetti con Santa María, Juan Rulfo con Comala o más recientemente, bebiendo de todas estas fuentes, David Uclés con el Jándula de su Península de las casas vacías.

Por qué leer Cien años de soledad

Estos Cien años de soledad, que su autor compuso en dieciocho meses a partir de 1965, son una lección magistral de lo que es el realismo mágico, lo real maravilloso. Los sucesos sobrenaturales presentados como el pan nuestro de cada día. Remedios la Bella asciende al cielo mientras dobla sábanas de bramante con Fernanda del Carpio, y se pierde para siempre «en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más bellos pájaros de la memoria». Llueven pequeñas flores amarillas durante toda una noche al morir José Arcadio Buendía. Una epidemia de insomnio causa pérdida de memoria en los habitantes de Macondo. Y los muertos están más que vivos.

¿Mágico? Sí, pero también real. Cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura, García Márquez aprovechó para aclarar que las historias no habían salido de su alabada imaginación, sino que se las había contado su abuela, con quien vivió hasta los ocho años. Una abuela que se llamaba Tranquilina Iguarán Cotes, hija de emigrantes gallegos y casada con el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Madre y padre de Luisa Santiaga Márquez, esposa de Gabriel Eligio García. El árbol genealógico está hecho. Este coronel Nicolás fue, en realidad, el que llevó al pequeño Gabriel a ver el hielo al comisariato de la compañía bananera. La magia que poblaba Aracataca y que poblará siempre Macondo termina truncada por el progreso.

La saga de los Buendía

Dicho lo cual, no puede extrañar que el escritor sintiera en carne propia la muerte del coronel Aureliano, al que él mismo había sentenciado, confirmando además hasta qué punto los personajes adquieren vida propia. Por su parte, el lector va viendo cómo desfilan por esta monumental obra hasta siete generaciones de los Buendía, que terminan pareciéndole como de la familia, con nombres que se repiten incesantemente y condenados a heredar las locuras y repetir la historia de sus antepasados.

Mientras, Macondo continúa abonándose para crecer más y más como terreno encantado, con sus cuitas, sus milagros y sus exageraciones. Como cuando Aureliano Segundo decide empapelar su casa con billetes, «inclusive los baños y dormitorios», en plena «glorificación del despilfarro». Cuando José Arcadio Buendía aumenta de peso y se necesitan siete hombres para llevarlo a rastras a la cama desde el castaño en el que se había instalado. O cuando la lluvia tropical dura cuatro años, once meses y dos días. Por no hablar de los 17 hijos varones del coronel de 17 mujeres distintas, o los 32 levantamientos armados que había promovido, sin éxito.

Un Nobel para el realismo mágico

En Cien años de soledad está lo culto y lo popular, lo bíblico y lo poético. Hay un génesis, un éxodo, un paraíso terrenal, pues no se conocía la muerte, y un patriarca. Y hay también bellísimas reflexiones sobre el amor. Por ejemplo, el que siente Aureliano hacia Remedios: «La casa se llenó de amor. Aureliano lo expresó en versos que no tenían principio ni fin. Los escribía en los ásperos pergaminos que le regalaba Melquíades, en las paredes del baño, en la piel de sus brazos, y en todos aparecía Remedios transfigurada: Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde, Remedios en la callada respiración de las rosas, Remedios en la clepsidra secreta de las polillas, Remedios en el vapor del pan al amanecer. Remedios en todas partes y Remedios para siempre».

Al final, todo es un juego de espejos, endiablada y divinamente literario en ese Macondo fundado por José Arcadio Buendía; su esposa, Úrsula Iguarán, y demás miembros de la expedición. La Academia Sueca premió a García Márquez «por sus novelas y cuentos, en los que lo fantástico y lo realista se combinan en un mundo de imaginación ricamente compuesto, que refleja la vida y los conflictos de un continente».

En su discurso de aceptación del Nobel, que llamó La soledad de América Latina, ahondó en esta otra dimensión que también tiene la novela. Como inventor de fábulas, dijo creer en «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra». No iba vestido de frac, como requiere el protocolo, sino con el liquiliqui, traje tradicional de gala de Colombia y Venezuela.

Fuente: mujerhoy

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