Ausencia del Estado: motociclistas y seguridad

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Decenas o centenas de motocicletas de alta cilindrada utilizan esa vía pública como su particular pista de carreras.

La seguridad pública es, con razón, una de las principales preocupaciones de la sociedad mexicana (El Financiero, 03-08-26).

La integridad de las personas, de sus seres queridos y de sus bienes se ve acechada, qué duda cabe, por el crimen organizado y también por el desorganizado, la pequeña delincuencia, en un proceso extendido de privatización del uso de la violencia, cuyo monopolio debería estar en manos exclusivas del Estado, que tiene el deber primario de salvaguardar la vida y seguridad de sus habitantes.

Pero la precariedad de la existencia en México no sólo se ve amenazada por la ferocidad de organizaciones delictivas dedicadas a la extorsión, al saqueo o al tráfico de bienes robados o prohibidos, con enormes dotaciones de armas restringidas al uso del Ejército, sino por peligrosas conductas cotidianas de particulares que no encuentran freno desde el Estado y las fuerzas de seguridad.

La impunidad, la certeza de que no habrá sanción alguna, les da ínfulas para seguir hostigando a sus conciudadanos.

Un caso paradigmático, a la vista de incluso del pasajero más distraído, es lo que ocurre un fin de semana sí y otro también en la autopista México-Cuernavaca.

Apenas el domingo pasado en “La Pera” perecieron dos motociclistas y, de acuerdo con el portal NR Noticias, suman 198 víctimas mortales en ese trayecto sólo en 2026.

Decenas o centenas de motocicletas de alta cilindrada utilizan esa vía pública como su particular pista de carreras.

Las señales de límites de velocidad parecieran indicarles el mínimo al que deben acelerar, no el tope que debe ser respetado.

Los rebases son temerarios por la derecha o por la izquierda de cualquier vehículo que ose transitar por “su” autopista.

Los amantes de la velocidad ven a los coches familiares que transitan hacia Morelos como simpáticos obstáculos de videojuego, que deben ir sorteando de forma agresiva para obtener el inexistente premio de llegar primero, de colmar la testosterona con la potencia obtenida del motor.

Para el conductor corriente, el ruido es el primer aviso.

Una suerte motosierra sobre ruedas se aproxima en cuestión de segundos y apenas se detectan las manchas de los coloridos cascos y trajes de cuero en los retrovisores para perderse hacia delante, saltando de un carril a otro, asustando a los demás infortunados conductores que encuentra en su camino.

La escena se repite una y otra vez. Volverá a ocurrir el domingo a la vuelta.

La prisa de los motociclistas, casi todos hombres, pero también algunas mujeres —aunque éstas suelen viajar aferradas a los pectorales del macho alfa que guía la moto—, es para alcanzar los puestos de quesadillas de Tres Marías o cualquier taquería en la plaza de algún pueblo de Morelos.

Los rumores hablan de que los conductores salvajes consumen y distribuyen drogas; a saber.

No contentos con la contaminación acústica a lo largo de la carretera, algunos motociclistas cierran la jornada dominical haciendo rugir sus motores por el centro de Coyoacán cuando ya ha caído la noche.

No siempre tienen suerte. En internet hay videos de aparatosos accidentes. Y todo viajero o turista que haya recorrido la ruta, así sea ocasionalmente, habrá encontrado escenas atroces.

Recuerdo la víspera de un año nuevo, un lustro atrás, en que recorrer unos cuantos kilómetros nos llevó horas, y que hubo que distraer a los niños del coche haciéndoles mirar hacia otra parte justo cuando pasamos junto a los cadáveres tendidos en el asfalto de los dos ocupantes de la moto que se había estrellado contra una camioneta a una velocidad inimaginable.

No es nada que no se sepa, lo que vuelve al tema más indignante.

Ni en sus tiempos la Policía Federal, ni ahora la Guardia Nacional, han corregido ese conocido problema de inseguridad de tránsito.

Se anuncian operativos puntuales, pero la plaga sigue. Hay radares, cámaras que registran números de matrícula, casetas de pago que pueden monitorear el tiempo de trayecto de cada vehículo.

Bien podrían imponerse severas multas y sanciones, confiscarse o destruirse las motocicletas con las que se pone en riesgo la seguridad vial cada fin de semana.

Un conductor que se toma una cerveza de más, pasa la noche en “El Torito”; un motociclista que acosa y hostiga a decenas de familias enteras, no.

Si el Estado mexicano no puede con los engreídos e irresponsables motociclistas, si no es capaz de ofrecer seguridad en una conocida y transitada autopista, ¿podrá contra los cárteles?

Fuente: EF

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