Donald Trump tiene la virtud de mostrar, descarnadamente, las verdades del capitalismo, su institucionalidad y el modus operandi de sus gestores. Los creyentes de la ortodoxia democrática en los países capitalistas: desde los cándidos antipopulistas hasta amplios sectores del llamado progresismo político parecen sorprendidos ante el anuncio de Trump de comprar en 5 mil dólares cada voto a favor de los candidatos republicanos para tener mayoría en el Congreso. Como si esto no fuera lo usual en las “democracias” de Occidente.
Entre las publicaciones recientes sobre el tema de la relación dinero-elecciones está el libro de María Amparo Casar y Juan Carlos Ugalde (Dios los cría…) titulado Dinero bajo la mesa. Financiamiento y gasto ilegal de las campañas políticas. Su tema central es el uso del dinero, fruto de la corrupción, en la democracia electoral mexicana. Antes, Lorenzo Córdova y Ciro Murayama abordaron el mismo tema en Elecciones, dinero y corrupción: Pemexgate y Amigos de Fox. En una coedición del Fondo de Cultura Económica y el entonces IFE, Daniel Zovatto publicó Dinero y contienda político-electoral: reto de la democracia.
Esos ensayos sólo han visto hacia América Latina y específicamente a México. Destacan los avances que se han hecho en materia de equidad (los partidos disponen de mayores recursos para competir), de transparencia (mejores métodos de captación y escrutinio del sufragio), de autonomía (los organismos responsables de organizar y vigilar las elecciones ya no dependen del gobierno como antes sucedía).
Pero no se les ha ocurrido –una exigencia metodológica– comparar lo que la presencia del dinero significa con relación al modelo original. La bibliografía es abundante, pero para el grueso del público, en su momento se difundieron los episodios donde Carlos Hank González, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Enrique Peña Nieto (Odebrecht-Lozoya) hicieron evidente tal práctica.
Lo extraño es que en el recorrido bibliográfico sus autores vean en la intervención del dinero en los procesos electorales algo anómalo. Como si el modelo copiado del de Estados Unidos no tuviera por origen el binomio dinero-elecciones. Ese modelo se finca en el dinero que aportan las principales corporaciones de ese país y, personalmente, sus propietarios, ahora con Elon Musk a la cabeza de todos ellos, a partidos y candidatos. En las campañas todo cuesta: medios de comunicación, publicidad en diversos soportes, anuncios de visualización masiva, encuestas, transporte, viáticos.
(Aun en Morena, que se propone democratizar la política, nunca se supo de dónde salió el dinero que derrochó en su precampaña Adán Augusto López, entre otros ejemplos). Y ahora es el pago a individuos como Fernando Cerimedo y otros agentes que hacen posible la construcción de preferencias electorales mediante la manipulación del algoritmo y recursos tecnológicos adicionales para modificar en favor de ciertos candidatos el sentido del voto en una elección, como ocurrió en Colombia.
Juan Orlando Hernández, el ex presidente hondureño preso por el delito de narcotráfico y al que indultó Trump con la finalidad de atacar a los gobiernos de izquierda en América Latina, no habló de otra cosa que de dinero en los audios que se difundieron globalmente. El que pondría Milei, el que provendría de Israel.
Se requiere ser ingenuo para creer que esto de la “democracia” del modelo electoral estadunidense es una anomalía y no una lógica sistémica derivada de su naturaleza. Así lo entienden, con una gran claridad, quienes están en poder de información privilegiada y quienes tienen y destinan dinero al juego electoral. Leamos a Nick Land, el autor de La ilustración oscura: “Dado que ganar elecciones es sobrecogedoramente un tema de comprar votos, y los órganos informacionales de la sociedad (la educación y los medios) no son más resistentes al soborno que el electorado, un político frugal es simplemente un político incompetente, y la variante democrática del darwinismo elimina rápidamente a tales especímenes de su reserva genética”.
Hernán, El Grillo, Sada, un personaje pintoresco de la dinastía Garza Sada dice lo que los políticos –de derecha, de izquierda y sus matices– callan. Nunca ha trabajado, su biografía se reduce a entrar y salir de clínicas de rehabilitación, consumir cocaína, beber tequila y coleccionar cosas. Tampoco nunca ha participado en episodios cívicos o políticos. Pero ahora se le metió en la cabeza apuntarse, vía Morena, según él, en la disputa por la gubernatura de Nuevo León. En una entrevista de las que con frecuencia se le hacen, el entrevistador le señaló que cómo, sin tener credenciales para participar en la contienda, pretendía hacerlo. Su respuesta fue lapidaria: “Con dinero”, sentenció. A él y a su familia les sobra.
Las verdades que el profesor Trump nos enseña sería aconsejable que fueran temas académicos de reflexión en las escuelas y facultades de ciencias políticas y en las especialidades de relaciones internacionales; e igualmente en las de periodismo y ciencias de la comunicación. (Todo es tan científico en el siglo XXI, o más que en el positivismo decimonónico). Y que esas verdades, como tantas otras cosas, no tomaran por sorpresa a quienes debieran estar avisados de sus causas y efectos. Entre ellos a quienes se ocupan de dirigir partidos, postular candidaturas y conducir gobiernos.
Fuente: lajornada








