La comprensión lectora disminuye globalmente. Así lo reporta la más reciente prueba PISA (Programme for International Student Assessment, por sus siglas en inglés). El examen tiene una periodicidad trianual y lo compone la evaluación de estudiantes de 15 años en las materias de ciencias, matemáticas y lectura.
La prueba PISA tiene fondo y aristas criticables, uno de los puntos a señalar es que su examen estandarizado pretende medir rendimientos escolares en estudiantes de 15 años en las áreas antes señaladas; ante tal ejercicio, vale subrayar que las condiciones de cada población escolar deben tomarse en cuenta, esto para no incurrir en conclusiones simplificadoras y en las cuales obtiene calificaciones más bajas el estudiantado que cuenta con infraestructura escolar menos favorable para desarrollar mejores habilidades cognitivas.
De todas maneras, el estudio de PISA (auspiciado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE) es indicativo de una tendencia en el caso de la comprensión lectora de los adolescentes, porque el universo evaluado alcanzó más de 760 mil estudiantes de 91 países.
En términos generales la comprensión lectora se ha deteriorado, en unos países más que en otros, pero no nada más en la población examinada, sino que, me parece, la habilidad para decodificar lo leído también tiene descenso en otros grupos de edad formados mayormente en la era digital y de las redes sociales cibernéticas. Dichas generaciones se caracterizan por haber crecido en un entorno donde la información es instantánea, de fácil acceso, claro, siempre y cuando se tenga el dispositivo adecuado y conexión a Internet, y domina la brevedad de los mensajes escritos o audiovisuales. Ante esta realidad, la lectura que requiera atención prolongada y cotidiana va a contracorriente, sus frutos son acumulables, pero no inmediatos.
No se trata de contraponer la tecnología digital a los libros que demandan concentración para comprenderlos. En la construcción de conocimientos personales pueden convivir herramientas tradicionales con el uso de la inteligencia artificial (IA). El asunto es si la IA desplaza o nulifica la capacidad de aprender críticamente por parte de quienes solamente dan indicaciones al medio informático para tener un resultado exprés. En una cultura global que fomenta la inmediatez lo(a)s frenético(a)s usuarios(a)s de la IA nada más actúan en consecuencia, lo hacen porque su entorno educativo, tal vez, no enfatiza los dilemas éticos de presentar como propio algo que prohijó una sofisticada máquina.
Lo evidenciado globalmente por la prueba PISA es algo ya sabido por quienes dedicamos buena parte de nuestro tiempo a las actividades docentes. La población lectora consuetudinaria siempre ha sido porcentualmente baja y, fácticamente, es comprobable incluso en el grupo de edad con mayor escolaridad, el de quienes cursan estudios universitarios, que en los cursos aparentan haber leído y sus profesore(a)s bien saben que no leyeron la bibliografía enlistada.
Los resultados de la prueba PISA, con todo y los cuestionamientos que puedan hacérsele, son desoladores para el caso de la comprensión lectora en México. La población escolar evaluada alcanzó 408 puntos en dicha habilidad, obtuvo su nivel más bajo en los últimos 20 años y quedó en el penúltimo lugar de los países integrantes de la OCDE. Descendimos siete puntos en comparación con la prueba anterior, de 2022, y por quinta vez consecutiva desde 2009 el indicador es a la baja. Quedamos 53 puntos por debajo del promedio de la OCDE, que es de 461.
Insisto, aunque el comparativo entre países de la OCDE es desfavorecedor, y puede desembocar en estigmatizaciones, de quienes tienen menores recursos e infraestructura educativa, de todas maneras el examen, si solamente nos comparamos nosotros mismos con anteriores resultados trianuales, arroja un empeoramiento que debiera llevarnos a la reflexión y organización de proyectos que fomenten la lectura gustosa. Es una tarea de largo plazo, la que debe encararse con decisión y creatividad.
En lugar de inmovilizarse en el muro de las lamentaciones, quienes han adquirido el hábito lector pueden diseminar su práctica mediante acciones que pudiesen parecer intrascendentes, pero que no lo son. La transmisión generosa de lo leído, hacerlo de manera natural, sin chantajes ni con ánimos aleccionadores, tiene resultados poco visibles. Sin embargo, las historias de cómo se iniciaron muchas personas en la lectura cotidiana muestran que una vía de acceso fue la influencia de alguien que les compartió acerca de un autor(a), o sobre al arrobamiento de cierta obra que provoca “antojo” en los interlocutores.
Está bien que haya, como se ha anunciado, restricciones en el uso de celulares y tabletas en las aulas escolares. La otra parte es lograr que la medida no se quede, a ojos del estudiantado, en lo punitivo, sino que haya la capacidad pedagógica para persuadir sobre el valor de mantener su atención en lecturas creativamente elegidas. Lecturas que sean espejos y ventanas, para que se vean en ellas y aprendan a observar empáticamente.
Fuente: lajornada








