AMLO: «ahora es fascismo”

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Siempre ha sido grandilocuente en lo que a insultos se refiere. Empezó con su fantasía sobre Salinas y Zedillo. Ahí empezó la frase “mafia del poder”

En la política, como en la vida misma, las palabras importan. Y mucho. Andrés Manuel López Obrador concluyó su tortuoso soliloquio de hora y veinte minutos opinando sobre lo que considera es la situación actual de México. Es importante lo que dijo porque es “línea” para Sheinbaum y Morena. Sería un error pasar la página, pensando que son simples recordaciones de un anciano descolocado.

También es importante lo que dijo porque es sobre hoy y ahora. Es útil recordar cosas que ha dicho en el pasado para entender en qué y cómo ha cambiado la línea que le endilga y ordena a la presidenta, a su partido y al movimiento que dirige.

La evolución histórica y los cambios de sus adjetivos y acusaciones tienen un profundo sentido político. Reflejan cómo van cambiando sus percepciones sobre sus adversarios, las necesarias «posiciones políticas» a tomar y, lo más importante, el estado de peligro que estima corre su movimiento.

Siempre ha sido grandilocuente en lo que a insultos se refiere. Empezó con su fantasía sobre Salinas y Zedillo. Ahí empezó la frase “mafia del poder”. Siendo presidente nacional del PRD, AMLO anunció que Salinas planeaba un golpe de Estado contra Zedillo y que el PRD estaba obligado a salir públicamente “en defensa del orden constitucional”. El CEN del PRD no compró su fantasía.

Lo relevante, para efectos actuales, es su fantasía sobre un golpe de Estado y el uso, por primera vez, del concepto de la “mafia del poder”. Ahí empezó su larga carrera del insultos públicos a actores de la política, cuyo tono irá subiendo conforme corre el tiempo.

Como jefe de Gobierno, desplegó a lo alto sus acusaciones contra la mafia del poder, ahora ya no sólo Salinas de Gortari, sino aliado con Fernández de Ceballos y al empresario argentino Carlos Ahumada, con una dosis de purga interna en su propio partido.

Alejó al cardenismo para convertirse en el nuevo “líder máximo”. Y conforme las clases medias empezaron a protestar contra su gobierno por el incremento en la inseguridad, incluyó en su repertorio en concepto de “fifis”, para expresar su desprecio por las clases medias urbanas.

Apoyaba a “primero los pobres” como consigna rítmica. Pero después de su derrota electoral en el 2006, incorporó en concepto del “pueblo bueno” contra la mafia del poder y los conservadores fifis. Encontró progresivamente la rentabilidad política de la práctica de atizar la hoguera de las diferencias de clase entre los mexicanos. La guerra de castas le ofrecía votos en el 2012 cuando, por segunda vez, perdió las elecciones presidenciales.

Del 2012 al 2018 reforzó su guerra contra los conservadores, ahora transformados en neoliberales por las reformas peñistas en materia petrolera y educativa, principalmente. El nuevo diablo terrenal u opositor al paraíso popular era la codicia y el espíritu racista de los neoliberales, como una nueva raza que era preciso extirpar de la vida nacional. Sugirió que los neoliberales eran iguales que los porfiristas de antaño.

Le ayudó la represión a los estudiantes de Ayotzinapa para volcar las baterías contra el gobierno federal de Peña Nieto. “Fue el Estado” fue la consigna que prácticamente le ganó la elección del 2018. Ya instalado en la presidencia, abrió fuego contra toda la oposición a través de la mañanera.

De hecho gobernó con la mañanera, haciendo propaganda advirtiendo sobre los peligros de un regreso de la oposición al poder. Todos los opositores eran conservadores y neoliberales, incluso a pesar de sus éxitos en las (ahora malditas) elecciones intermedias del 2021. Decir que alguien era de “derecha” era el insulto máximo.

AMLO vejaba a periodistas y columnistas, presentando sus listas de los “despechados»” por el gobierno. Fue un sexenio de muchas muertes de periodistas, amenazados por el crimen organizado, con una preocupante tolerancia por parte del gobierno federal.

Era, también, el sexenio que clasificó a la mitad de la población, como “fifis”, insinuando que eran racistas con una supuesta actitud anti pueblo. Era el sexenio donde dejaron de existir los ciudadanos (porque eran demandantes de derechos) para convertirse en pueblo (pasivos recipientes de apoyos gubernamentales).

La diferencia entre ciudadanía y pueblo no es semántica; es conceptual. Los ciudadanos exige derechos, mientras el pueblo extiende la mano para recibir sus cheques. La derecha se oponía a los apoyos al pueblo, decía AMLO.

La transición de Sheinbaum como presidente radicalizó el ambiente nacional. La transformación del Poder Judicial en un instrumento pasivo del poder político agravó la situación política y económica del país. Provocó una merma en el Estado de derecho.

También cuenta mucho el conflicto con Estados Unidos por el descubrimiento de la confabulación del gobierno federal y Morena con el narcotráfico. Mientras la situación política se polariza y aparece el espectro de cárcel para familiares y cercanos de Sheinbaum y AMLO, el lenguaje también se radicaliza.

Hoy ya no se habla de conservadores, derechistas o fifis. Ahora el léxico corriente de Sheinbaum y Morena contra la oposición es acusar de “ultraderechas” e “injerencistas”, catalogados ahora como “traidores a la Patria”.

El sexenio de Sheinbaum marcó un salto cualitativo en la dureza y seriedad de los insultos a la oposición. Todas sus medidas legislativas van dirigidas a coartar la libertad de expresión y facilitar el encarcelamiento a opositores, además de facilitar el fraude electoral al gobierno y a su partido.

Es en este contexto evolutivo del lenguaje de adjetivación política donde se inserta la nueva diatriba de AMLO. Él inaugura un paso más, pero es el más peligroso y perverso. Califica a la oposición de FASCISTA. No es cualquier cambio en la adjetivación. Pasar de ser de derecha o de ultraderecha a ser fascista es un cambio que implica consecuencias políticas.

El hecho de calificar como fascista a la oposición abre el camino a la justificación legal de plantear una emergencia nacional y la necesidad de declarar un Estado de excepción, cancelando derechos cívicos, entre ellos el proceso electoral del próximo año.

Acusar de fascismo es abrir la puerta a violencia política extrema, de guerra civil, de represión y de tortura. Es evidente que AMLO y Sheinbaum ven un peligro gravísimo delante de ellos, relacionado con el tema de la acusaciones de Estados Unidos sobre su vínculo con el narcotráfico.

El peligro, piensan, sería perder al gobierno y posiblemente terminar encarcelados en Estados Unidos. En ese contexto, acusar que existe en México un movimiento fascista les ofrece el pretexto para declarar un Estado de excepción, para poder gobernar por decreto y derogando por un tiempo indeterminado los derechos ciudadanos del país, empezando por las próximas elecciones.

En diciembre de 2024 AMLO amenazó con encabezar un levantamiento popular si consideraba que el movimiento de Morena estuviera en peligro. Eso lo dijo tres meses después de que Sheinbaum tomó el mando. La amenaza reflejó su desconfianza hacia Sheinbaum y también su temor a una coyuntura como la actual.

Al declarar fascista al movimiento opositor, se le abre la opción de ejecutar el autogolpe de Estado que intentó, fallidamente, su amigo Pedro Castillo, el ex presidente del Perú, hoy encarcelado, acusado de alta traición. También le recuerda su fascinación con el espectro de un golpe de Estado desde los tiempos de Zedillo.

Es obligado preguntar: ¿por qué la política exterior de México defiende con tanto empeño al régimen nicaragüense autocrático que acaba de cancelar las elecciones en ese país? ¿Sheinbaum y AMLO están considerando ese modelo como opción para México?

Como dijo AMLO en diciembre del 2024, ¿planea encabezar una asonada militar?

Por lo pronto, México está en deriva hacia una crisis constitucional y política de grandes proporciones . Para comprender qué hacer ante la situación, no sólo hay que escuchar las palabras los gobernantes, sino entender lo que amenazan con ejecutar.

Fuente: Heraldo de México

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