Son cifras de Estados Unidos, pero basta mirar alrededor en México para sospechar que no estamos tan lejos. Estamos frente a uno de los mayores experimentos psicológicos.
Son las dos de la madrugada. Alguien acaba de pelearse con su pareja por un mensaje que tardó horas en ser contestado. No llama a una amiga, porque es tarde y le da pena. No le escribe a su mamá, porque sabe lo que le va a decir. Abre el teléfono y le escribe a una inteligencia artificial: «¿Estoy exagerando?».
En segundos tiene una respuesta cálida, ordenada y sin reproches. Esa escena, que hace una década sonaría a ciencia ficción, ya es rutina. Según el Pew Research Center, una de cada cinco personas menores de 30 años en Estados Unidos usa chatbots para pedir apoyo emocional o consejo, y otra encuesta, de la Universidad de Elon, encontró que 27% de los adultos estadounidenses con internet mantiene interacciones sociales o emocionales significativas con estos sistemas.
Son cifras de Estados Unidos, pero basta mirar alrededor en México para sospechar que no estamos tan lejos. Estamos frente a uno de los mayores experimentos psicológicos de la historia, y nadie lo diseñó: millones de personas confiesan sus intimidades a una máquina, al mismo tiempo, sin que nadie haya decidido que eso fuera buena idea.
Para entender por qué ocurre, conviene recordar cómo aprendíamos antes a sentir. Nadie nace sabiendo qué hacer con los celos, con el rechazo o con el duelo. Se aprende, y siempre hubo maestros informales. La abuela que, mientras pelaba chícharos, resumía el amor en una sentencia: «los hombres son así, aguanta».
La telenovela de las ocho, que enseñó a generaciones enteras que amar es sufrir y que los celos son prueba de cariño. El bolero, que convirtió el abandono en un lujo poético. El consultorio sentimental de la radio nocturna, donde desconocidos contaban su desamor a otros desconocidos. Y antes de todo eso, el confesionario: un adulto con autoridad al que se le contaba lo más vergonzoso, a cambio de una orientación y una penitencia.
Ninguna cultura deja a sus miembros solos con sus emociones. Siempre construye rituales y figuras para enseñar qué se siente, cuándo se expresa y cuándo se calla.
Lacan llamó a esa figura el «sujeto supuesto saber»: alguien a quien le suponemos que sabe lo que nosotros no sabemos de nuestro propio deseo. Puede ser un sacerdote, una tía, un terapeuta o un locutor de radio a medianoche. Lo importante es que siempre hubo alguien en ese lugar.
Y aquí está el problema de nuestra época: el lugar quedó vacío. La escuela, que debería haber asumido esa tarea, hizo otra cosa. Nos enseñó cómo funciona el cuerpo, pero no cómo funciona el corazón. Confundió la educación sexual con la biología de la reproducción y dejó fuera lo esencial: cómo se le dice a alguien que te gusta, cómo se sobrevive a una ruptura, cómo se pide perdón, cómo se reconoce el control disfrazado de amor. No es un defecto mexicano; es un vacío casi universal.
Y los vacíos se llenan. Durante años los llenaron la pornografía, el reel de «cinco señales de que tu relación es tóxica» y el influencer con tips de pareja. La terapia siempre fue la respuesta seria, pero cuesta dinero, exige tiempo y, para muchos, todavía da miedo.
Entonces llegó algo que no cuesta, no se cansa, no juzga y contesta de inmediato. Un adolescente ensaya con el chatbot cómo declararse antes de hacerlo de verdad. Una mujer le pide ayuda para redactar el mensaje con el que terminará una relación de años. Un viudo conversa cada noche con una voz que lo escucha sin prisa. Nadie planeó que una máquina se volviera educadora sentimental. Simplemente era la única que estaba despierta y disponible.
Sería cómodo despreciar el fenómeno, pero sería deshonesto: la abuela también se equivocaba, la telenovela también nos enseñó cosas absurdas, y muchas personas han encontrado en estas conversaciones un alivio real que nunca encontraron en otro lado.
Además, un estudio de la Universidad Drexel, basado en millones de publicaciones en Reddit, sugiere que la mayoría de los usuarios ve estas herramientas como complemento de la terapia humana, no como sustituto, aunque también expresan preocupación por la dependencia emocional. Los propios usuarios sienten la ambigüedad.
Pero hay una diferencia que no deberíamos pasar por alto. Los educadores sentimentales del pasado eran imperfectos, sí, pero estaban hechos de la misma materia que nosotros: habían perdido a alguien, habían sido traicionados, habían hecho el ridículo de amar.
Y, sobre todo, a veces nos decían que no. La tía incómoda te soltaba una verdad que no querías oír. El terapeuta callaba en el momento exacto en que uno quería ser consolado. Esa fricción, ese límite que viene de otro que también desea y también tiene su propia historia, es parte de lo que nos hace madurar. Las máquinas, en cambio, tienden a la amabilidad, a darnos la razón, a suavizar. Es un espejo servicial, y crecer rara vez ocurre frente a un espejo que siempre nos sonríe.
Así que quizá la pregunta no sea si la inteligencia artificial será un buen o un mal educador sentimental. La abuela también lo fue a medias. La pregunta es otra: qué tipo de emociones produce una sociedad que las aprende de alguien que nunca ha sentido ninguna.
Si el confesionario del siglo XXI no tiene cura, ni culpa, ni memoria propia, ¿qué estamos aprendiendo realmente a sentir? Tal vez lo sabremos dentro de una generación, cuando los primeros niños educados sentimentalmente por máquinas tengan que enamorarse de otros seres humanos, que siguen siendo torpes, contradictorios e impredecibles.
Fuente: Heraldo de México








