Pocas cuestiones generan hoy un debate tan intenso como la inmigración, sobre todo a raíz de lo sucedido en Ceuta. Entre argumentos humanitarios, económicos, demográficos y de seguridad, se han instalado numerosas afirmaciones que a menudo se repiten como certezas sin detenerse a analizar sus matices.
Este artículo plantea una revisión crítica de algunas de ellas y defiende que cualquier política migratoria debe partir de una distinción básica: no es lo mismo ser refugiado, inmigrante regular, solicitante de asilo o entrar en un país al margen de los cauces establecidos.
1. Vienen a Europa porque huyen de la guerra
Aquellos que huyen de la guerra son refugiados, no inmigrantes. Su acogida es temporal y deben regresar a su país cuando las condiciones lo permitan. Asimismo, debe acogerles el país seguro que esté más cerca del suyo de procedencia para facilitar su regreso en cuanto sea posible.
Aquellos que vienen por motivos económicos, no tienen derecho de asilo ni estatus de refugiado y éste es el caso de la inmensa mayoría de los que llegan a España.
2. Hay que acogerles porque están en el umbral de la pobreza y en su país no tienen oportunidades
El umbral de la pobreza es un término relativo. En países ricos como los europeos nuestros estándares permiten una atención social y ayudas a los más desfavorecidos mientras no puedan trabajar.
Pero en otros países, el umbral de pobreza es mucho más bajo y basta con tener necesidades básicas cubiertas. Obviamente, la inmensa mayoría cambiaría sus condiciones de vida por las de un ciudadano europeo, pero ese cambio no se puede conseguir mediante migraciones en masa. No es realista.
Si abriésemos las fronteras a todos los habitantes de terceros países que estén por debajo de nuestro umbral de pobreza, España o Europa se colapsarían inmediatamente. Tomaríamos a siete u ocho inmigrantes por cada uno de nosotros.
Ni siquiera tenemos recursos suficientes para todos los españoles: tenemos déficit para pagar las pensiones, nuestra sanidad pública tiene elevadas listas de espera, no hay viviendas suficientes… y solo trabaja el 37 % de la población española.
3. Los necesitamos para para pagar las pensiones
La baja natalidad de los españoles habría provocado un decrecimiento de la población y un envejecimiento de la misma. La inmigración es la causa de que eso no haya sucedido y por eso la población ha seguido creciendo.
Sin embargo, el hecho de que estos inmigrantes estén contribuyendo con sus cotizaciones al sistema de pensiones oculta otros datos: el paro en España es próximo al 10 % (2,3 millones de personas) y el paro entre las personas que han inmigrado es de 14-17 %.
La viabilidad del sistema de pensiones depende de que haya trabajadores, no parados ni perceptores de ayudas del Estado.
La cuestión no es que tienen que venir inmigrantes ilegales a pagar las pensiones, sino que los ciudadanos en edad de trabajar puedan o quieran hacerlo y esto incluye a los propios inmigrantes. Además, incentivar una economía basada en trabajos mal pagados reduce el poder adquisitivo de todos.
4. No son delincuentes, son inmigrantes
La inmigración no es en sí mismo un derecho, pero tampoco es un delito. Sin embargo, entrar en un país extranjero exige cumplir las leyes que rigen en él, empezando por la de acceder al mismo.
Los inmigrantes que llegan siguiendo los requisitos legales para trabajar y contribuir a la riqueza de nuestro país son bienvenidos, pero si acceden ilegalmente probablemente acaben cometiendo otros delitos porque no habrá trabajo ni capacidad para atenderles.
Es una cuestión sobre todo de número: Un país puede acoger un número determinado de inmigrantes con una formación determinada, no un número indefinido de ellos. Ningún Estado desarrollado puede permitirse que por ser pobre o extranjero se les exima del mismo respeto a la ley que los españoles.
Desafortunadamente, las regularizaciones masivas han contribuido a blanquear la inmigración ilegal, porque muchos de los que ahora son ciudadanos de pleno derecho en España y están trabajando legalmente, entraron de manera ilegal.
Aquello se justificaba hace décadas como medida excepcional para regularizar a personas que ya estaban dentro e integradas cuando este fenómeno empezó, pero no puede llevarse a cabo en los tiempos actuales porque se incentiva la entrada de más personas que ya no tienen sitio.
Ser permisivo con la ilegalidad es no poder controlar la inmigración y tener más personas de las que somos capaces de sostener.
5. La inmigración es una consecuencia de los desequilibrios económicos a nivel mundial y del imperialismo europeo
Los desequilibrios económicos actúan como incentivo, pero los movimientos migratorios en masa no son espontáneos, ni son por iniciativa de los propios migrantes.
La inmigración ilegal es un negocio montado a gran escala en las que mafias organizadas reclutan, manejan y trasportan a los migrantes desde sus lugares de origen cobrando cifras desorbitadas y usando engaños de todo tipo. En cierto modo, es otra forma de esclavitud.
Estas mafias se alían con ONG´ s que, guiadas por principios de solidaridad mal entendida, colaboran con este tráfico de personas, incluso en la comisión de delitos, como es entrar en un Estado sin los permisos pertinentes.
Además de las mafias, algunos Estados en los que el respeto a los Derechos Humanos brilla por su ausencia, emplean los movimientos migratorios como arma de guerra híbrida para desestabilizar a sus vecinos.
Con estos movimientos buscan a menudo chantajear, exigir ayudas o simplemente desestabilizar como forma de agresión. Lo que deberíamos tener claro es que los inmigrantes en masa no vienen, sino que los traen. Y detrás de estos movimientos hay intereses muy sucios.
6. Los españoles tenemos que ser solidarios con ellos porque nosotros también emigramos a otros países cuando éramos menos pudientes
La inmigración de los europeos y españoles en aquellos años era un fenómeno completamente diferente al actual. Todos entraban en los países de destinos a ofertas de trabajo y con documentos en regla. Era una inmigración controlada y positiva para ambas partes.
La inmigración en sí no es negativa, la que es negativa es la descontrolada, es decir, la que accede al país de llegada de modo ilegal y que impide al Estado que la recibe tener un control de las personas que hay en su territorio.
7. La inmigración enriquece culturalmente gracias a la diversidad
La diversidad es un arma de doble filo. Atraer personas de otras culturas puede enriquecer a una sociedad en algunos aspectos, pero también es un importante factor de riesgo de ruptura social si las diferencias culturales son grandes.
Está más que visto en muchos lugares donde intentan convivir comunidades con diferentes religiones, etnias o culturas los conflictos surgen y a veces se enquistan.
Los europeos, además, somos depositarios de un legado que no debemos despreciar: nuestros valores. Si creemos en la justicia, en la libertad, en la igualdad ante la ley…en resumen: en los Derechos Humanos, tenemos que exigírselos a quienes vienen a convivir con nosotros y no escudarles en que “son de otra cultura”.
8. Estar a favor de perseguir la inmigración ilegal es racista
Cuando un grupo organizado, un líder político o mediático pide la expulsión de inmigrantes ilegales o usar la fuerza en la vigilancia de fronteras se le tacha enseguida de racista. Los inmigrantes ilegales proceden de distintos países, hablan otras lenguas y son racialmente diferentes.
El contraste de un blanco europeo exigiendo mano dura contra negros o bereberes ayuda con esa percepción. Pero la realidad es que el rechazo a los inmigrantes no tiene que ver con su color, sino con su conducta y con el miedo que genera su llegada masiva en cuanto son mayoría local en algún lugar.
Este miedo está en parte justificado. Cuando los inmigrantes llegan en masa no hacen el más mínimo esfuerzo en integrarse; se agrupan y se hacen fuertes por su número. Esa fuerza les permite mantener sus costumbres sin ningún esfuerzo de adaptación e incluso imponérselas a los locales.
Muchos de los inmigrantes caen en la delincuencia porque llegaron sin oferta de trabajo sin papeles y sin otra forma de ganarse la vida. Las reacciones a estas conductas pueden ser racistas, pero no tienen porque serlo. Si los recién llegados fueran blancos y rubios, pero se comportaran del mismo modo, las reacciones serían las mismas.
Fuente: estrelladigital








