El oficio de enseñar a sobrevivir

0
144

No podemos seguir construyendo generaciones enteras de mujeres expertas en sobrevivir y generaciones de hombres que nunca fueron educados para comprender los límites de su conducta

Desde niñas, a las mujeres nos enseñan a sobrevivir.  Nos enseñan a caminar rápido, no regresar solas, compartir la ubicación, a avisar cuando llegamos a casa, a no perder de vista nuestro vaso, a ir acompañadas al baño, a desconfiar.

Lo aprendemos tan temprano que termina pareciéndonos normal.

Lo que no parece normal es que, mientras millones de madres dedican años a enseñar estrategias de protección a sus hijas, pocas veces nos preguntamos cuándo empezamos a enseñarles a los hombres que las mujeres no se acosan, no se violentan y no se violan.

La conversación internacional provocada por el caso conocido como los “Cornell 7”, la denuncia presentada por una joven universitaria que acusa haber sido drogada y agredida sexualmente por varios estudiantes en una fraternidad de la Universidad de Cornell, ha vuelto a exhibir una realidad incómoda: seguimos construyendo sociedades donde la carga de la prevención recae principalmente sobre las potenciales víctimas. La investigación penal fue reabierta apenas en septiembre de este año, después de una fuerte presión pública y mediática.

Pero el problema no está solamente en una universidad estadounidense, está aquí, en México. Está en cada madre que no duerme hasta que su hija llega a casa, en cada niña que aprende a cuidarse antes incluso de entender por qué debe hacerlo.

Las cifras son contundentes. El Sistema Integrado de Estadísticas sobre Violencia contra las Mujeres del INEGI documenta que la violencia contra las mujeres sigue siendo un fenómeno estructural en nuestro país. Y mientras discutimos protocolos, sanciones o reformas legales, hay un trabajo silencioso que ocurre todos los días dentro de millones de hogares mexicanos, el trabajo de las madres. Porque la maternidad no consiste únicamente en alimentar, vestir o acompañar, la maternidad es también formar criterios, transmitir valores, enseñar límites, detectar riesgos, contener miedos y construir herramientas emocionales para enfrentar el mundo. Es trabajo, es responsabilidad, es tiempo, es energía. Es una forma de cuidado social que pocas veces aparece en los presupuestos públicos, pero sin la cual ninguna sociedad podría sostenerse.

Por eso insisto en una idea que suele incomodar: la maternidad es un oficio, un oficio que produce ciudadanía, un oficio que genera cohesión social, un oficio que previene violencias antes de que ocurran.

Sin embargo, hemos colocado sobre las madres una tarea imposible. Les pedimos que enseñen a sus hijas a protegerse de todos los riesgos, mientras como sociedad seguimos sin asumir plenamente la responsabilidad de educar a los hombres en el respeto, el consentimiento y la dignidad humana.

No podemos seguir construyendo generaciones enteras de mujeres expertas en sobrevivir y generaciones de hombres que nunca fueron educados para comprender los límites de su conducta. Porque una sociedad verdaderamente segura no es aquella donde las mujeres aprenden más estrategias para defenderse, es aquella donde los hombres aprenden desde niños que jamás tienen derecho a violentar. Y eso es imposible sin la corresponsabilidad social de juegos, películas, series, redes sociales, y demás herramientas de construcción de entornos en donde se normaliza que un género puede abusar de otro sin consecuencias ni rendición de cuentas.

Quizá ésa sea la conversación que aún nos debemos. No cómo hacer que las mujeres tengan más miedo, sino cómo hacer que los hombres aprendan más respeto. Y cuando entendamos eso, también entenderemos algo más profundo: que reconocer el valor social de la maternidad no es un acto de cortesía hacia las madres. Es una condición indispensable para construir un país más justo, más seguro y más humano.

Por Hannah de Lamadrid /Heraldo de México

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here