De Nepal a Kenia, de Marruecos a Serbia, de Bangladesh a Chile, de Francia a España, miles de jóvenes han salido a las calles para cuestionar gobiernos
Durante años nos acostumbramos a mirar a la Generación Z con una mezcla de condescendencia y desconcierto. -Que si viven pegados al celular, que si confunden la realidad con TikTok, que si no les interesa la política, que si prefieren un meme a una discusión seria-. Los juzgamos por la pantalla y cometimos el error de creer que, detrás de ella, no había nada. Pero el mundo está comenzando a observarles.
De Nepal a Kenia, de Marruecos a Serbia, de Bangladesh a Chile, de Francia a España, miles de jóvenes han salido a las calles para cuestionar gobiernos, denunciar corrupción y exigir algo que debería ser elemental: la posibilidad de construir un presente y un futuro digno. No todos persiguen lo mismo ni comparten una ideología, pero hay un agravio que los conecta, es la sensación de que el sistema les ha fallado, sienten que se les exige cumplir todas las reglas sin garantizarles una sola oportunidad.
España ofrece una imagen particularmente reveladora. La crisis de la vivienda ha convertido la emancipación en un privilegio. Según el Instituto Nacional de Estadística, el 44.3% de las personas de entre 26 y 34 años vivía con sus padres en 2025; entre quienes permanecían en casa, casi la mitad señalaba que no podía permitirse comprar o alquilar una vivienda. No hablamos de falta de ambición, sino de límites materiales. ¿De qué sirve tener empleo si no puedes pagar un lugar donde vivir?
La historia de Maricarmen Abascal, desalojada a los 87 años de la vivienda en la que había vivido durante siete décadas, convirtió esa contradicción en una herida colectiva. Su caso trascendió la indignación individual y alimentó las protestas por el derecho a la vivienda. Y de pronto, el problema dejó de ser una estadística sobre alquileres, ahora tiene nombre, rostro, historia y consecuencias humanas. Ahí está la clave para entender a esta generación. No es que haya abandonado la vida real; es que la vida real ha comenzado a alcanzarla. La precariedad, la vivienda inaccesible, los servicios públicos pauperizados y la corrupción no son tendencias de redes sociales, son obstáculos cotidianos que terminan por romper la paciencia.
Las plataformas digitales les permiten organizarse sin pedir permiso a los partidos, documentar abusos y encontrar aliados más allá de sus fronteras. Pero la tecnología no es la revolución, es solamente el instrumento. Está claro que salir a la calle no garantiza transformar un país, pero Nepal demuestra que una movilización puede abrir una nueva etapa política; Madagascar recuerda que la caída de un gobernante también puede desembocar en otra concentración de poder. Protestar es capaz de derribar una puerta, pero construir algo mejor exige organización, propuestas e instituciones que respondan.
Así, la Generación Z no quiere salvar el mundo en los términos que imaginamos, quizá ni siquiera pretenda encabezar una revolución, pero cuando una generación descubre que el futuro que le ofrecieron es inaccesible, puede dejar de adaptarse a las reglas y comenzar a cuestionarlas. Y entonces ocurre lo que tantos gobiernos y tantos adultos no vieron venir: quienes parecían distraídos estaban observando; quienes parecían indiferentes estaban acumulando agravios; quienes parecían ajenos a la política estaban aprendiendo dónde se encuentra el poder. No confundamos su manera de habitar el mundo con una incapacidad para cambiarlo. La generación que creímos dormida puede terminar despertando a todos los demás.
Fuente: Heraldo de México








