Se presentaba Alejandro Davidovich con el cartel de novato, pero su rival le confería en la previa el prestigio del respeto. Si había llegado hasta aquí… Pero en el momento clave, Alexander Zverev no tuvo ningún miramiento en decirle al español que todavía tiene que crecer en el circuito profesional; en apenas 1 hora y 36 minutos (6-4, 6-1 y 6-1. No porque el alemán sea ningún erudito todavía, sino porque sí ha sabido, a base de caerse una y cien veces, controlar esas emociones que son, a la postre, lo que diferencia a los buenos de los mejores.
Davidovich pone punto final a dos semanas de auténtico lujo, convencido de que ya tiene todas las cualidades necesarias para estrenarse en la élite sin acobardarse ante la presencia de los galones ni sentirse inferior ante casi ningún rival. Es cuartofinalista en París y se lleva de premio una retahíla de consejos de todos sus contrincantes. Tanto a los que ha superado (Kukushkin, Van de Zandschulp, Ruud, Delbonis) como al que lo ha superado, un Zverev venido arriba ya en las rondas donde debe confirmarse.
Pero también lo superó su propia rabia, enganchado desde final del primer set en errores no solo provocados por la potencia del alemán sino por su propia cabeza, que no encontró la paz y sí mucha guerra, ese caos interior que su entrenador, Jorge Aguirre, comentaba a este periódico el día previo. Y eso que sorprendió a la Philippe Chatrier, en su primera visita a la central, con un primer break perfecto. Y con otro par de roturas porque hay tenis imponente, derechas criminales, saques como bombas.
Pero la potencia, sin control, de poco sirve, y acabó enredándose, despistadísimo tras ese primer set en el que no pudo completar el empate a cinco y alargar quizá un poco más la batalla del primer capítulo del encuentro, que siempre da confianza.
«No, no, no, it is out (es fuera)», se desgañitaba Zverev, de cuclillas en la pista porque había visto clara que la pelota de Davidovich había salido al pasillo. Pero la jueza de silla le dijo que no, que era buena. El partido iba 2-1 y 40-40 con saque del español. Fue un momento de cruzamiento del alemán, como había sufrido ya en el primer juego, regalado gracias al juego alegre del malagueño, que combina muy bien la potencia de sus derechas con sorprendentes dejadas y también por no ajustar esa mano potente y tan de campeón en ciernes. Pero Zverev no lo es, todavía, en los Grand Slams porque también tiene esos momentos de despiste que no consigue frenar, alargados esta vez en el siguiente juego, con su servicio, perdido por la precipitación y algo de rabia, estrellada una derecha a media pista en la cinta de la red. Pero lo será, porque ya ha controlado la frustración y cada vez le dura menos.
Tras el enfado del alemán, llegó el del español, que se parecen mucho en estilo: potencia y físico sin desgastar todavía, y mucho más en carácter: volcánicos ambos, con capacidad para las desconexiones. Las de Davidovich todavía son superiores a sus fuerzas y duran más de lo que deberían; está en proceso el muchacho y de estas, como aceptaba su entrenador a este periódico, también se aprende, aunque se equivoque y tropiece. Perdida la ventaja del break, al español empezó a fallarle la puntería, enfadado consigo mismo porque no metía ni un primero, y con la raqueta después, lanzada al suelo y rebotada en la grada. Aguirre, comentaba, espera que en un año esos asaltos de furia casi desaparezcan o, al menos, solo salgan las que le valgan para avanzar, y no para atraparse. Por el momento perjudican, y su enfado devino en la rotura del servicio y, aunque el alemán no supo certificar el set con su propio saque sí lo hizo al resto, ayudado, de nuevo, en una rabia que todavía controla a Davidovich.
A partir de ahí, nada más que hacer, porque el español no supo salir de su agujero y tampoco lo dejó Zverev, 24 golpes ganadores, 16 errores no forzados. Por los 36 que cometió Davidovich, incapaz de mantener la calma o de volver a esos primeros momentos del partido en el que deslumbró a los presentes con un buen puñado de dejadas y buena mano para los ángulos.
«Eran sus primeros cuartos de final y seguro que van a llegar muchos más», lo despidió Zverev, quizá viéndose reflejado porque él también sucumbía con frecuencia a esos arrebatos que lo dejaban sin premio a pesar del potencial. Empieza a cambiar la dinámica, ya en semifinales de Roland Garros, las primeras de su vida, es verdad, pero ya con bagaje para dar algunas lecciones.
El alemán se medirá en semifinales con Stefanos Tsitsipas, que batió a Daniil Medvedev por 6-3, 7-6 (3) y 7-5.
Fuente: ABC








