Entender el fenómeno político es un enigma. No es sólo la teoría, del acomodo del estado, ni las responsabilidades a cada poder. No es quien tiene facultades exclusivas o tareas concretas que cumplir. No es tampoco, si el acomodo, como dice el artículo 40 constitucional, que el pueblo de México ha decidido convertirse en una república (es decir, asunto de todos); representativa (cosa que sólo puede hacerse a través de partidos); federal (que no significa separación sino unión); democrática (es decir en defensa de las minorías y la unión de todos) y laica (es decir sin ideologías o adoctrinamiento) todos los mexicanos nos debemos a esas reglas y vivir así.
La política, decía, es mucho más que eso. La política lidia cotidianamente con las circunstancias. Tiene que resolver entre lo posible y lo deseable, entre las aspiraciones y para lo que alcanza en términos materiales y culturales. Y, un día, se produce un fenómeno como el de Xóchitl Gálvez.
Los últimos 5 años hemos vivido una ficción divergente. El gobierno de AMLO se empeña en atacar una democracia representativa, y defender lo único que él considera democracia, que es todo aquello que sea a mano alzada. El federalismo le tiene sin preocupación al punto de subvertir facultades locales con federales y viceversa. Y, por supuesto, la laicidad le tiene sin cuidado. Más aún, se siente realizando una misión mesiánica de la que él es el actor fundamental.
Ya se ha dicho mucho: para AMLO, hasta hace 3 meses, la elección del 2024 era una especie de profecía por cumplirse. Bastaba con pasear a las corcholatas, hacer una encuesta e ir al día de la elección para que su proyecto tuviera continuidad y, en el fondo, que él pudiera seguir mangoneando la política nacional desde su rancho.
Un día, que habremos de recordar por mucho tiempo, le cerró la puerta a Xóchitl, a pesar de haber orden de juez que le ordenaba que dejara hablar a la senadora en una de sus mañaneras, para aclarar que ella había votado a favor de las reformas constitucionales que garantizaban los programas de apoyos de este gobierno. Con el argumento de que él no se prestaría a darle publicidad a la señora Gálvez, se negó a dejarla entrar y con ello se disparó en el pie.
El día de ayer se concretó la posibilidad de que la senadora Gálvez sea la candidata y si las cosas le favorecen sea presidenta de México. El discurso con el que aceptó el liderazgo del Frente Amplio por México resultó una pieza interesante y contrapunteada en muchas cosas con el discurso de AMLO. Una invitación a trabajar todos juntos por la construcción de una patria común en la que quepan todos. Necesitamos escuchar y hacer más y dejar de hablar tanto. Un discurso que hace mucho no escuchábamos de reconciliación y construcción común. Un llamado a encontrar la confianza en la inversión, a que cada quien encuentre en su trabajo y en su esfuerzo personal la solución y el arreglo de su vida. Insistió en la necesidad de devolverle el miedo a los delincuentes y sacarlo de la casa de cada uno de nosotros. Es tiempo de atender a las víctimas no de darse abrazos con la delincuencia. Nada más, pero nada menos, también.
Fuente: eleconomista








