Sólo fue ambición de poder

El país necesita un respiro de distensión. Tomará años para cicatrizar las heridas causadas por un Presidente rencoroso.

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Hasta Claudia Sheinbaum está hasta la coronilla de López Obrador. Lo retrató como un político guiado sólo por la ambición de poder y carente de un proyecto de país.

Cuauhtémoc Cárdenas lo dijo la semana pasada: “No sé en qué consiste la 4T ni conozco un proyecto de lo que se quiere”.

Haya salido del subconsciente o fue planeado, el hecho es que el mensaje que le mandó Sheinbaum a AMLO fue rudo y con puntería de apache.

No es para menos.

Las frecuentes intervenciones del Presidente en una contienda en la que está obligado por ley a guardar neutralidad, son suficientes para anular el triunfo de Sheinbaum si llega a ganar el 2 de junio.

Treinta medidas cautelares le ha impuesto el INE al Presidente por su intervención en el proceso electoral.

A menos de un mes de las elecciones, el protagonismo de AMLO no le favorece a nadie. Perjudica a su (supuesta) candidata y polariza con incontenible belicosidad al ofender a más de la mitad de los mexicanos.

¿Por qué? ¿Para qué?

Todos los días destila rencores, agrede, humilla, amenaza, se burla, desprecia a personas, gremios, instituciones, clases sociales, habitantes de ciudades (CDMX), periodistas, empresarios, universidades, escritores, científicos…

Insulta a diario a los que Sheinbaum les pide el voto en eventos privados y públicos.

Qué personaje tan hiriente.

En su discurso en Baja California Sur, la candidata de Morena le soltó un coscorrón que puso a trabajar horas extra a los propagandistas de Palacio para hacer contención de daños.

“Fue un lapsus”, dicen. “No quiso decir eso que dijo”, Sí, cómo no.

Si en realidad fue un lapsus, eso es lo que tiene en mente.

Lo que dijo en Los Cabos no fue una palabra mal pronunciada ni cambió un nombre, sino una idea que millones de mexicanos comparten: López Obrador batalló dos décadas por una ambición personal.

A diferencia de AMLO “que llegó a la Presidencia por una ambición personal”, dijo Sheinbaum, “nosotros vamos a llegar a la Presidencia para hacer justicia, para que haya bienestar”.

¿Qué parte de ese discurso no se entendió?

En los siguientes eventos elogió a López Obrador y hasta lo llamó “ejemplo de vida”.

Sheinbaum no se retractó, y el golpe ya estaba dado.

Pero no es la única. Aparte de más de medio México que ha sido ofendido de palabra y obra por parte del Presidente, también muchos de sus emblemáticos creadores y seguidores están hartos de él.

Cuauhtémoc Cárdenas dijo la semana pasada que votará por Sheinbaum, pero que no sabe en qué consiste la llamada cuarta transformación.

“No conozco ningún documento que me diga qué es la cuarta transformación, de qué va, no conozco un proyecto de nación, por lo tanto no sé qué es lo que se esté buscando”, dijo Cárdenas.

Jorge Volpi, un escritor que promovió y defendió a AMLO como pocos de su gremio, publicó el sábado en Reforma:

“Si algo se echa de menos en este país es el silencio del poder, si algo urge es, por el amor de Dios, dejar de tenerlo ahí cada mañana, soberbio e impenitente, grosero y desparpajado, imperioso y atrabiliario, errático y cerril, incapaz de contenerse, incapaz de ceder el micrófono, incapaz de darse cuenta que su tiempo se ha agotado, incapaz de reparar en que los aplausos están grabados, de que su perorata se ha transformado en un obstáculo incluso para sus propios fines, que su verborrea rijosa y mendaz, barriobajera y muchas veces infantil, ha comenzado a hacerle más daño a la nación –y a su propio proyecto– que cualquiera de los múltiples errores de la oposición”.

El país necesita un respiro de distensión. Tomará años para cicatrizar las heridas causadas por un Presidente rencoroso.

Comienza a ocurrir lo que apuntó con extraordinaria claridad Otto Granados en El País:

“Cuando el próximo primero de octubre tome posesión la nueva presidenta de México –Xóchitl Gálvez o Claudia Sheinbaum–, se encontrará con una herencia envenenada, y su antecesor empezará a recoger lo que con sabiduría un expresidente llamó ‘los frutos podridos de la estación’. Es el ciclo misterioso del poder: la ambición de alcanzarlo, la obsesión de conservarlo y la angustia de perderlo. Esta vez, no será diferente”.

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