{"id":85602,"date":"2020-12-03T14:08:16","date_gmt":"2020-12-03T19:08:16","guid":{"rendered":"http:\/\/elcuartopoder.com.mx\/nw\/?p=85602"},"modified":"2020-12-03T14:08:18","modified_gmt":"2020-12-03T19:08:18","slug":"la-biografia-del-yo","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/elcuartopoder.com.mx\/nw\/qtp\/la-biografia-del-yo\/","title":{"rendered":"La biograf\u00eda del Yo"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Existe una frontera entre lo propio y lo ajeno que separa dos conjuntos extremadamente desiguales: lo m\u00edo y lo otro. Esa desigualdad se debe a varias diferencias: lo m\u00edo siempre es, necesariamente, menor que lo ajeno; lo m\u00edo me resulta m\u00e1s amado o, para decirlo con toda claridad: nunca preferir\u00eda salvar a un extra\u00f1o en vez de salvar a uno de los m\u00edos. Estos dos conjuntos son, a su vez, asim\u00e9tricos porque, si uno es curioso, resulta m\u00e1s interesante lo ajeno que lo propio; lo ajeno es lo desconocido y, en cambio, lo m\u00edo es lo que ya conozco.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Inicialmente todo cuanto nos rodea es propio: estamos en el vientre materno donde el universo completo es ese ser del que formamos parte. Cuando nacemos aparece lo otro: el traum\u00e1tico afuera y, al cortarse el cord\u00f3n umbilical, nuestra madre se vuelve nuestro primer otro: un otro sin embargo biol\u00f3gicamente familiar. Est\u00e1n tambi\u00e9n nuestros parientes alojados en un espacio al que aprendemos a reconocer como nuestro: la casa donde estamos con los nuestros. Afuera hay otras casas que son ajenas y otras personas que precisamente son los otros.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Con los nuestros nos liga la sangre y la convivencia: los nuestros integran el primer c\u00edrculo de lo propio: la familia y, tarde o temprano, somos llevados a la fuerza a un espacio ajeno, externo, donde inicialmente todos son desconocidos, son otros. Y ah\u00ed, con el tiempo y la frecuentaci\u00f3n vuelve a darse la familiaridad: aparecen los compa\u00f1eros y, a veces, los amigos: los hermanos por elecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esta historia de una u otra manera la repetimos todos, pues la vida, nos guste o no, nos va llevando a lugares ajenos, a sitios nuevos donde al principio estamos rodeados por extra\u00f1os con los que poco a poco vamos creando v\u00ednculos de proximidad, de afecto o de enemistad y con el tiempo termina por constituirse el conjunto de los m\u00edos: mis amigos, mis parientes, mis conocidos y, entre ellos, tambi\u00e9n m\u00edos: mis enemigos. Quisi\u00e9ramos que estos \u00faltimos no formaran parte del mundo propio, que se fueran al mundo ajeno, a lo otro, a lo m\u00e1s alejado. Pero est\u00e1n ah\u00ed, pendientes de nosotros, aunque desear\u00edamos tenerlos a la mayor distancia posible.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ahora bien, lo m\u00edo, lo propio, lo de mi propiedad genera en nosotros el bienestar, pues en familia, con los amigos, en nuestra casa, en nuestros dominios nos sentimos seguros y tranquilos, y lo mismo ocurre con nuestras ideas, con lo que pensamos y creemos, con nuestras convicciones: nos gusta rodearnos de personas que son afines a nosotros, es m\u00e1s, a cierta altura de la vida desterramos a ciertos familiares, pues m\u00e1s all\u00e1 del v\u00ednculo sangu\u00edneo que pueda unirnos, preferimos no toparnos m\u00e1s con ellos. Cuando podemos elegir purgamos nuestro mundo y nos quedamos con lo propio, nos quedamos en un adentro donde somos el centro y todo gravita en torno de nosotros, de nuestras preferencias y gustos. Ah\u00ed s\u00f3lo caben los m\u00edos y ah\u00ed, en lo propio, experimentamos la placidez, la tranquilidad, nos sentimos contentos, es decir, plenos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Afuera est\u00e1n los otros: los desconocidos y los excluidos, con quienes no queremos entrar en contacto, y creemos que todo funcionar\u00e1 bien mientras no se acerquen. Sin embargo, como los m\u00edos no son yo, sino que pese a su semejanza conmigo no son nunca exactamente yo, surge en ellos, en cualquier momento, el otro en toda su otredad, y mi hermano, biol\u00f3gico o elegido, me dice: no. Y todo mi castillo amurallado, la fortaleza donde cre\u00eda estar a salvo con mi egolatr\u00eda, se desquebraja y descubro que no hay m\u00e1s que yo, que todo otro es irremediablemente siempre otro y que lo m\u00edo solo incluye a mi solitario yo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">S\u00f3lo con el tiempo llegamos a percatarnos de que ese yo solitario no es ajeno a los otros, pues el yo no se hace a s\u00ed mismo: yo no hice mi yo a solas, sino a partir de los otros. Y uno comprende que es un yo armado por todos, y es entonces cuando volvemos a encontrar la puerta de acceso al otro, pues el otro est\u00e1 en nosotros. Este juego de reapropiaci\u00f3n y extra\u00f1amiento es, como todo juego, un ir y venir que nunca acaba.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><strong>Fuente:&nbsp;<\/strong>sinembargo<br><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Existe una frontera entre lo propio y lo ajeno que separa dos conjuntos extremadamente desiguales: lo m\u00edo y lo otro. 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