Cuando pienso en el sargazo, no pienso únicamente en montañas de algas cubriendo las playas del Caribe. Pienso en la sensación de impotencia que se repite cada verano. Vivo en Quintana Roo desde hace casi veinte años y he visto cómo este fenómeno pasó de ser un evento ocasional a convertirse en una de las mayores preocupaciones ambientales, económicas y turísticas del estado.
Cada temporada las imágenes son las mismas: trabajadores retirando toneladas de sargazo, hoteles desplegando barreras y maquinaria y autoridades anunciando nuevas estrategias para contener un problema que parece crecer año con año.
Es comprensible que la prioridad sea limpiar las playas. Nadie quiere que el principal destino turístico del país quede cubierto por enormes cantidades de sargazo. Sin embargo, hay una conversación que casi nunca aparece cuando hablamos de este fenómeno: la de las causas que lo están haciendo cada vez más intenso.

El sargazo resulta de una combinación de factores
La ciencia ha mostrado que no existe un solo responsable. El aumento del sargazo responde a una combinación de factores, entre ellos el incremento de la temperatura del océano, cambios en las corrientes marinas, el exceso de nutrientes que llegan al mar desde distintos puntos del continente y, por supuesto, el cambio climático.
La investigadora de la UNAM, Rosa Elisa Rodríguez Martínez, ha explicado que todo apunta a que el calentamiento global está modificando las corrientes marinas y los patrones del viento, creando condiciones que favorecen la proliferación de estas macroalgas.
Cuando hablamos de cambio climático casi siempre pensamos en automóviles, aviones o combustibles fósiles. Mucho menos frecuente es hablar del sistema alimentario, a pesar de que produce aproximadamente un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Dentro de ese total, la industria ganadera representa una de las mayores fuentes de emisiones debido al metano liberado por los rumiantes, la deforestación para producir alimento para los animales y el enorme consumo de agua, tierra y energía que requiere.
No significa que el sargazo tenga una causa única ni que dejar de consumir carne vaya a hacerlo desaparecer. Los problemas ambientales rara vez funcionan de esa manera. Pero sí significa que, si realmente queremos reducir los impactos del cambio climático, no podemos seguir ignorando uno de sus principales motores.

Alimentación sostenible
Resulta llamativo que en Quintana Roo, un estado cuya economía depende en gran medida de la salud de sus ecosistemas costeros, la alimentación sostenible siga ocupando un lugar tan pequeño dentro de la conversación pública. Hablamos de hoteles sustentables, de manejo de residuos, de energías limpias y de movilidad, pero muy pocas veces de la enorme oportunidad que representa impulsar una oferta gastronómica con una menor huella ambiental.
Cada vez más investigaciones muestran que aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal es una de las acciones individuales con mayor potencial para reducir emisiones y el uso de recursos naturales.
Tal vez la pregunta ya no sea únicamente cómo vamos a retirar el próximo sargazo, sino qué estamos haciendo para reducir las condiciones que favorecen su proliferación. Si Quintana Roo quiere liderar una estrategia climática para proteger sus costas, los sistemas alimentarios no pueden seguir siendo un tema ausente. Hablar de lo que ponemos en el plato no es cambiar de conversación; es empezar a hablar de las causas.
Fuente: sinembargo








