¿Dónde termina la enfermedad y dónde comienza la maldad? En Maciel esa frontera no se dibuja clínicamente, sino con la tinta oscura del poder
En la iglesia católica, los abusos sexuales no se explican solo por individuos enfermos. Existe también un sistema de encubrimiento y un ejercicio abusivo del poder espiritual. Esa dimensión institucional transforma lo que podría interpretarse como “patología personal” en una “estructura de maldad”. Ahora con el documental sobre el caso de Marcial Maciel, se acredita que no solo estamos frente a una inclinación patológica, sino frente a acciones reiteradas, planificadas y sistemáticas: abuso de menores, manipulación de conciencias, extorsión, creación de redes de silencio. Eso rebasa lo clínico y entra en lo que muchos llamarían maldad deliberada: decisiones conscientes de dañar.
¿Dónde termina la enfermedad y dónde comienza la maldad? En Maciel esa frontera no se dibuja clínicamente, sino con la tinta oscura del poder. La compulsión sexual que su biografía arrastra se queda corta. El fundador de los Legionarios de Cristo no fue un hombre derrotado por un impulso que lo rebasaba, fue, más bien, el arquitecto de su propia impunidad. Supo administrar silencios, repartir favores, negociar con cardenales, tejer un imperio económico en nombre de Cristo y utilizar el aura de santidad como disfraz. El junky, enfermo, encontró en la institución católica un arsenal de cómplices dispuestos a llamar virtud a sus desvaríos. Ahí, el mal deja de ser accidente clínico y se convierte en estrategia.

La enfermedad puede explicar un impulso, pero no un sistema. Y lo de Maciel fue eso: un despliegue de reglas internas para acallar a los niños, amenazas para quienes dudaban, indulgencias compradas con dinero de familias creyentes. La patología describe un individuo; la maldad, en cambio, se multiplica cuando se vuelve estructura, cuando contamina a decenas de jerarcas que, conociendo los hechos, eligieron mirar a otro lado.
Aquí surge la paradoja: ¿Maciel y los más de 30 curas abusadores de esa legión, son enfermos? Sí, pero sobre todo fueron o siguen siendo cínicos conscientes de la eficacia de sus actos. El mal ejercitado tuvo cálculo, método y propósito. A la hora de tocar el cuerpo de un niño, actuaron con frialdad y ventaja. A la hora de inventar votos de silencio o de castidad, lo hicieron con lucidez estratégica. Y en ese punto, la enfermedad se disuelve y queda desnuda la maldad: la decisión de dañar y perpetuar el daño.
No se trata de un catálogo de individuos desviados, sino de un aparato de poder que consagró el abuso como secreto interno, protegido por la retórica del perdón y la burocracia del Vaticano. La enfermedad podría ser excusa para un hombre aislado. La maldad, en cambio, es la suma de voluntades que encubren, aplauden y callan.
Maciel y su legión de pederastas, ejemplifican la definición más aterradora de la maldad: no el apetito sexual incontrolable, sino la serenidad con que se organiza el infierno.
Fuente: Heraldo de México / DIEGO LATORRE LÓPEZ








