La presidenta puede romper. La pregunta es si quiere

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A nivel internacional, bajo el lopezobradorismo el crimen organizado alcanzó tal poder que México ya es considerado un riesgo de seguridad para Estados Unidos

¿Está la presidenta Sheinbaum atrapada por el narco-sistema lopezobradorista, o es una participante? ¿Tiene la fuerza para romper los pactos? ¿Quiere? Invito al lector a que hagamos un ejercicio de reflexión realista. Aclaro de entrada, tratar de entender la posición de la presidenta no es lavarle la cara ni exculparla. Explicar por qué alguien está atrapado no es absolverlo. No se trata de ser neutros, sino analíticos: ni justificaciones absurdas ni optimismo ingenuo. Recordemos que este debate es en buena medida especulativo. Muy poca gente conoce todo lo que realmente ocurre.

Partamos de que el régimen no está unificado, sino dividido en múltiples grupos. A grandes rasgos hay dos polos: quienes le apuestan su futuro político a AMLO y quienes lo apuestan a Sheinbaum. Todos tienen objetivos similares (cargos, presupuesto), pero sus intereses y agendas específicas suelen ser distintos y a veces enfrentados. La presidenta, para tener gobernabilidad y margen de acción, debe buscar equilibrios delicados entre esos grupos internos, dentro de los que hay gobernadores, funcionarios y legisladores.

El lopezobradorismo alcanzó el poder (y lo retiene) en parte gracias a una red de pactos con grupos de interés de toda índole. Algunos son legales, aunque nocivos para el país, como el que sostiene a la CNTE, y otros son criminales: pactos con la delincuencia organizada en distintas geografías y bajo distintos arreglos locales. La información disponible permite suponer que o bien AMLO realizó esos acuerdos, o consintió que su gente cercana los hiciera. Esto no quiere decir que todo integrante del régimen tenga nexos con el narco. Pero sí implica que el gobierno, en conjunto, está directa o indirectamente comprometido, en un sistema de complicidad y vulnerabilidad compartidas.

A nivel internacional, bajo el lopezobradorismo el crimen organizado alcanzó tal poder que México ya es considerado un riesgo de seguridad para Estados Unidos. Todo presidente mexicano ha enfrentado tensiones con su contraparte estadounidense en diversos temas, pero ahora la exigencia es pública, creciente, urgente, e implica una purga de altos mandos del sistema político. La solicitud de extradición de un gobernador en funciones es algo inédito, y no es el fin.

Un episodio reciente ilustra bien la ambivalencia. El 21 de agosto Rocha Moya retomó la gubernatura tras más de tres meses de licencia; apenas 34 horas después volvió a separarse del cargo, luego de que Morena, la Secretaría de Gobernación y la propia presidenta se deslindaran públicamente. Es decir: cuando el poder presidencial decide ejercer presión, surte efecto. La pregunta no es si Sheinbaum puede mover las piezas, sino hasta dónde está dispuesta a hacerlo.

Entonces, ¿dónde queda la presidenta? No hay pruebas de que ella tenga vínculos con el crimen organizado, pero es difícil pensar que no tuviese conocimiento de las actividades ilícitas del lopezobradorismo. Es probable que haya sido beneficiaria de dichos pactos (por ejemplo, mediante dinero para su campaña); a su vez, su Secretario de Seguridad -su colaborador más leal y competente- ha roto en los hechos con la lógica de los “abrazos”, con un esfuerzo real por combatir al narco y una coordinación con Washington que la política previa había evitado.

Si la presidenta actúa contra el narco-sistema, enfrentaría desafíos enormes que es necesario reconocer. Los afectados, múltiples actores poderosos, se unificarían en su contra: parte de los gobernadores, legisladores, financiadores. Con el discurso de defender la soberanía o al “verdadero” obradorismo, podrían recurrir a movilizaciones “populares”, desobediencia abierta a su autoridad, conflicto directo entre órdenes de gobierno y poderes, incluso el mecanismo de revocación de mandato, y claro, la amenaza de “cantar” e inculpar a todo mundo.

Pese a todo, la presidenta cuenta con instrumentos contundentes. Controla el presupuesto federal: por más influencia que tengan otros grupos, en política nada mueve más voluntades que el dinero. Segundo, las Fuerzas Armadas, la única institución a la que el mismo AMLO toma en serio, y que hoy le responde a ella. Tercero, Estados Unidos. Ellos ven por sus intereses, no los de México; pero en el combate al narco-sistema hay una coincidencia de fondo; y pocas cosas son tan potentes como el apoyo de Washington. En este escenario, buena parte del obradorismo, en la zozobra, no dudaría en alinearse bajo la certeza del poder presidencial, que además tendría, muy probablemente, respaldo de la mayoría ciudadana no-obradorista y la oposición institucional.

Quizá la presidenta quiera “ahorrar” su capital político para 2030. No dar excusas a los “duros” (la cooperación con EUA) para alebrestar a las bases y descarrilar a quien Sheinbaum desee como sucesor. Esto es fundamental: un futuro presidente del ala más radical sería desastroso: ruptura con EUA, redoblar el narcopacto. Sin embargo, esos mismos grupos están profundamente ligados al crimen. No actuar para “llevar la fiesta en paz” los dejaría más fuertes para imponerse a perfiles más técnicos rumbo a la batalla sucesoria.

La presidenta no decidirá qué hacer con base en los buenos deseos de la ciudadanía, sino con cálculos fríos. Pues bien, incluso el realismo más riguroso aconseja actuar: tiene los instrumentos de poder para romper el círculo criminal, y la coyuntura geopolítica le favorece. Los costos de no hacerlo son mayores que los de hacerlo: las consecuencias de una captura total del Estado por el crimen organizado, y un choque con EUA, serían más brutales que una confrontación política interna momentánea. La lucha por la sucesión ocurrirá hoy o después; lo cierto es que los presidentes tienen más fuerza para imponerse entre más joven es su sexenio.

Dije que sería un análisis sin pasiones, pero termino con esto: quizá antes, como subordinada, por crudo pragmatismo político ella vio y calló. Hoy es la jefa del Estado: puede y debe actuar. Y por eso mismo entender la situación no la disculpa: se lo exige. Es lo correcto, lo digno. México no merece más violencia, extorsión, abuso, impunidad, miedo, vidas destruidas, duelos, familias rotas, potencial desperdiciado, futuro perdido.

POR GUILLERMO LERDO DE TEJADA SERVITJE /HERALDO DE MEXICO

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