Estamos ante la privatización transnacional del poder político. Un poder que ya no necesita cargo. Cerimedo se presentó como asesor personal de Rodrigo Paz.
Hay hombres que ocupan un puesto y otros que ocupan el poder. Fernando Cerimedo pertenece a una especie más contemporánea: la de quienes entran en los gobiernos sin pasar por el organigrama y salen de ellos antes de que alguien alcance a preguntar quién los contrató. Consultor político, estratega digital y fundador de un medio militante, Cerimedo organiza campañas, fabrica narrativas, administra plataformas y participa en disputas electorales para instalarse, después, en las proximidades del gobierno al que ayudó a llegar. No es exactamente funcionario, periodista, empresario ni propagandista. Es un poco de todo, con la ventaja de no responder plenamente por nada.
Ha orbitado alrededor de Jair Bolsonaro, colaboró con la campaña de Javier Milei y llegó a Bolivia como asesor del presidente Rodrigo Paz. Cambian los países, los candidatos y los membretes; permanece el operador. Tiene acceso sin responsabilidad, poder sin nombramiento y movilidad sin fronteras. ¿Resulta familiar la figura? En más de una capital sobran personajes capaces de gobernar sin nombramiento y cobrar sin dejar huella.
Estamos ante la privatización transnacional del poder político. Un poder que ya no necesita cargo. Cerimedo se presentó como asesor personal de Rodrigo Paz. Su detención, ocurrida después del ataque a balazos contra la activista y abogada Nadia Beller, mostró la utilidad de esa ambigüedad: mientras todo marcha bien, el operador frecuenta al presidente; cuando llega la policía, su relación con el gobierno comienza a necesitar notas al pie. Entra por la puerta presidencial y puede terminar saliendo por la de proveedores.
La pregunta no es menor: ¿quién responde por las decisiones de quienes influyen en el gobierno sin formar parte de él? Un ministro firma, comparece (al menos en teoría) y puede ser removido. El asesor informal aconseja, interviene y desaparece. La rendición de cuentas comienza a parecer una extravagancia reservada para quienes tuvieron la mala idea de aceptar un nombramiento.
La soberanía también se ha vuelto selectiva. El gobierno de Paz expulsó meses atrás a la embajadora de Colombia por considerar que las declaraciones del presidente Gustavo Petro constituían una intromisión en los asuntos internos de Bolivia. Entretanto, un consultor argentino actuaba cerca del poder boliviano. La injerencia, al parecer, depende menos del pasaporte que de si el extranjero trabaja para uno o contra uno.
No se exporta únicamente una ideología. Se exporta una infraestructura para conquistar y conservar el poder: medios que se presentan como periodismo, aunque funcionan como brazos de campaña; ejércitos digitales; deslegitimación anticipada de elecciones; fabricación industrial de agravios y conversión del adversario en enemigo. El método sirve a cualquier color político dispuesto a confundir información, propaganda y gobierno. A cualquiera.
La Policía Federal brasileña situó a Cerimedo en el núcleo de una operación digital dedicada a difundir falsedades sobre las elecciones de 2022 y mantener movilizados a los seguidores de Bolsonaro. Fue señalado en la investigación policial por la trama golpista, aunque la fiscalía no lo incluyó posteriormente entre los acusados llevados a juicio. La precisión importa: una columna no necesita exagerar cuando los hechos ya poseen suficiente imaginación.
Antes, los imperios exportaban doctrinas. Ahora, los consultores exportan algoritmos, enemigos y sospechas de fraude.
Cerimedo posee, además, el atributo más valioso -y peligroso- de estos operadores: conoce demasiado. Declaró ante la justicia argentina que Diego Spagnuolo, entonces responsable de la Agencia Nacional de Discapacidad, le había hablado de presuntas irregularidades que alcanzaban al entorno de Karina Milei. El propagandista del poder puede convertirse, llegado el momento, en testigo de sus secretos.
No me parece que su verdadero capital sea la ideología. Es la intimidad del poder: saber quién inventó cada mentira, quién pagó cada campaña, dónde se guardaron los mensajes y qué dirigente creyó todavía que WhatsApp no dejaba huellas. El consultor moderno no custodia solamente contraseñas; guarda cadáveres narrativos. Y los cadáveres, como los secretos, suelen adquirir valor cuando cambia el gobierno.
El ataque contra Nadia Beller es de otra naturaleza y exige prudencia. Recibió tres disparos y sobrevivió. Cerimedo fue detenido en el aeropuerto de Santa Cruz cuando se disponía a viajar a Buenos Aires. Las autoridades investigan su posible participación; al momento de escribir estas líneas no existe sentencia ni se ha demostrado que haya ordenado el ataque. La violencia digital y la violencia física no son equivalentes, pero ambas prosperan con mayor facilidad en un ecosistema que transforma a las personas en objetivos y al adversario en alguien a quien se debe borrar.
América Latina ya no privatiza solamente carreteras, aeropuertos, trenes o prisiones. También terceriza funciones esenciales del poder: construir la verdad oficial, destruir reputaciones, movilizar militantes, desacreditar elecciones y decidir quién merece ser tratado como enemigo. Los operadores cruzan fronteras; los presidentes conservan la posibilidad de desconocerlos. Son gobiernos tercerizados, con funcionarios visibles y mandos ocultos.
Los nuevos operadores poseen así una ventaja que ningún ministro puede permitirse: mandan sin firmar, intervienen sin representar y desaparecen del organigrama apenas llega la policía. La soberanía, por lo visto, también tiene puerta de servicio.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
Fuente: Heraldo de México








