Menores sobreprotegidos en el mundo ‘real’ pero desprotegidos en el virtual: las tesis del libro más polémico del año

En su último ensayo, 'La generación ansiosa', Jonathan Haidt trata de demostrar cómo los teléfonos son los causantes de la crisis de salud mental en los jóvenes

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Mientras la mitad del planeta está comentando (o conversando con) el nuevo modelo de Inteligencia Artificial GPT-4o, la otra mitad debate el libro del investigador estadounidense Jonathan Haidt’La generación ansiosa’, que llegará a las librerías españolas el 29 de mayo, editado por Deusto, y ya convertido en fenómeno en Norteamérica. El ensayo de este conocido psicólogo social y profesor en la Universidad de Nueva York trata de aportar la evidencia científica suficiente para demostrar que internet y sólo internet es el causante de las elevadas tasas de estrés, ansiedad, depresión y suicido que fueron aumentando de forma sostenida desde 2010 y afectaron a los nacidos a partir de 1996, justo en el momento en que estos entraban en la preadolescencia.

Plagado de estudios y datos, el libro de este pensador –uno de los 50 más influyentes del mundo– ha causado una gran adhesión entre miles de familias, educadores y parte del mundo científico, pero también han surgido voces críticas que aseguran que Haidt confunde la correlación con la causalidad en algunas de las cifras e incluso un artículo en la prestigiosa revista científica ‘Nature’ llegó a acusarle de «generar histeria sin fundamento».

«No voy a convencerles, ni ellos van a convencerme a mí», ha respondido. Este judío ateo y «de centro», como él se define, ha descrito el rechazo a su trabajo como «una disputa académica normal». Si bien el hecho de que el viernes la Comisión Europea abriera una investigación a Meta por crear adolescentes adictos a sus redes sociales supone un espaldarazo a su trabajo, cuyo concepto central es la llegada de lo que denomina ‘La Gran Reconfiguración de la Infancia’.

«¿No mandaría a sus hijos a Marte, verdad?» Es la pregunta que Haidt lanza a unos padres contra los que apenas carga las tintas para culpabilizar a una industria tecnológica que no testó los efectos de sus productos antes de ponerlos al alcance de un menor. ¿Era seguro que el niño se entretuviera con el Ipad? ¿Que dominara la interfaz táctil del Iphone? Aquello se investigó poco o nada generando, según defiende con pruebas empíricas, cuatro perjuicios fundamentales: privación social, falta de sueño, fragmentación de la atención y adicción. Pero quizá una de las ideas más paradójicas a las que llega este investigador tiene que ver con que cuando los padres intentaron eliminar los riesgos a los que se exponían sus hijos en el mundo físico, el ‘real’, por lo general les otorgaron plena libertad en el mundo virtual, donde se encontraron totalmente desprotegidos. Podían abrirse cuentas en las redes sociales prácticamente a cualquier edad (bastaba con marcar la casilla de mayor de 13 años), jugar a juegos en línea, hablar con desconocidos y acceder a contenidos pornográficos.

Los Z, sujetos de prueba

Una infancia con menos moratones, menos huesos fracturados y una adolescencia con menos corazones rotos puede parecer más segura, pero ese culto a la seguridad dificulta que los niños aprendan a cuidar de sí mismos y a afrontar el riesgo, el conflicto y la frustración. Porque es más sencillo utilizar una aplicación para ligar y dar a ‘like’ que plantarse frente a la chica que te gusta con el corazón a mil por hora.

Para Haidt, el hecho de que el ‘juego físico’ empezara a caer desde los años 80 y se acelerase en los 90 preparó el terreno para que el teléfono abriera a los niños un universo alternativo, emocionante, adictivo e inadecuado. Los jóvenes de la Generación Z serían, en su opinión, los sujetos de prueba de una nueva y radical forma de crecer, algo así como los verdaderos conejillos de indias de las empresas tecnológicas. Chicos y chicas beben menos alcohol, tienen menos accidentes de tráfico y menos multas por exceso de velocidad. Ellos tienen menos peleas físicas y ellas menos embarazos no deseados, pero después de muchos datos Haidt se plantea: ¿y si esas tendencias muy positivas no se debieran a que los Z son más sensatos, sino a que se están retirando del mundo físico? Además, todas esas tendencias coinciden en el tiempo con el deterioro en los indicadores de salud mental en adolescentes. Sin embargo, Haidt hace una diferenciación entre el efecto que el tsunami tecnológico causó en chicos y chicas. La subida en las tasas de ansiedad, depresión y autolesiones afectó con más dureza a las adolescentes, mientras que entre ellos subieron más acusadamente las tasas de suicidio.

Las chicas serían más vulnerables a las redes sociales, mientras que a los chicos les afectaría más la ‘sobreprotección’ el mundo físico

Las chicas, demuestra con varios estudios, serían más vulnerables a las redes sociales pues les afectaría más la comparación con otras chicas, el perfeccionismo, y estarían sometidas a una mayor presión social y hostigamiento. Las adolescentes empezaron a publicar muchas más fotos de sí mismas que sus pares masculinos después de que los ‘smartphones’ añadieran cámaras frontales y llegara Instagram. Gran parte de su tiempo lo emplearon en la gestión de su ‘marca online’, mientras que el camino que siguieron los chavales fue algo distinto. Instagram es más dañino para las niñas, pero el mundo con demasiada supervisión y sin riesgos parece suponer mayor perjuicio para los varones. ¿Por qué? La tasa de enfermedades mentales en chicos adolescentes también aumentó, pero de forma menos acusada que en las chicas. Sin embargo, ellos se volvieron más deprimidos y sus resultados en la escuela, el trabajo y la vida familiar decayeron. Los chicos, sostiene Haidt, corren mucho más riesgo de «no despegar», algo parecido al síndrome de Hikikomori o síndrome de la puerta cerrada. Un bloqueo vital que tendría su origen en esa infancia empantallada sin moratones.

Concluye Haidt que las redes sociales habrían infligido un mayor daño a las niñas, y los videojuegos y webs de pornografía habrían hundido más sus garras en los niños. Pero es que, además, una vez los chicos crecieron lo suficiente, otras empresas comenzarían a arañarles, como las plataformas de apuestas deportivas o las aplicaciones para ligar. Las relaciones para ambos sexos habrían disminuido en calidad, con redes de personas en las que se mezclan conocidos y desconocidos en un elenco de millones de actores de reparto.

Mediante su abundante exhibición de datos, este psicólogo social pretende zanjar el debate sobre los móviles en las escuelas con el propósito de frenar la ‘epidemia’ de enfermedades mentales de los jóvenes Z. E insiste en que ya no se trata de las redes sociales, Meta y los intereses de Zuckerberg, sino de ser conscientes de la transformación radical de la infancia en algo inhumano: una existencia basada en el teléfono. Dejemos que los niños crezcan en la Tierra primero, antes de enviarlos a Marte.

Fuente: ABC

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