Crónica de un resultado esperado: ¿de qué nos sorprendemos?

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Las cifras preocupan. La sorpresa, en cambio, resulta difícil de entender

Los resultados de PISA 2025 han provocado, como era previsible, preocupación, críticas y explicaciones. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Apenas 30 por ciento de nuestros estudiantes de 15 años alcanzó el nivel básico de competencia matemática, frente a 65 por ciento en promedio de los países de la OCDE. En lectura y ciencias, sólo la mitad alcanzó el nivel mínimo esperado.

Las cifras preocupan. La sorpresa, en cambio, resulta difícil de entender.

Quienes participamos de una u otra manera en el ámbito educativo sabíamos que difícilmente aparecería un resultado distinto. Los aprendizajes no se deterioran el día que se aplica una prueba internacional. Son consecuencia de procesos acumulados durante años: políticas educativas cambiantes, rezagos históricos, desigualdades, efectos de la pandemia y, también, de una progresiva pérdida de exigencia, responsabilidad y valoración del esfuerzo.

PISA tampoco debe convertirse en dogma. Puede discutirse su metodología y reconocerse que compara sistemas educativos y realidades sociales muy diferentes. Incluso la OCDE advierte que parte de la evolución mexicana debe analizarse considerando que hoy acceden a la educación secundaria más jóvenes provenientes de poblaciones históricamente marginadas. Pero cuestionar el termómetro no elimina la fiebre.

El problema, además, rebasa a México. Los resultados de 2025 muestran un deterioro importante en numerosos países. Estamos frente a una discusión internacional sobre aprendizaje, uso de tecnologías, inteligencia artificial, capacidad de concentración, participación de las familias y función de la escuela. En México, por ejemplo, disminuyó significativamente el porcentaje de estudiantes cuyos padres conversan regularmente con ellos sobre lo que hacen o los problemas que enfrentan en la escuela.

Por eso quizá deberíamos dedicar menos tiempo a buscar culpables y más a construir soluciones.

México necesita un verdadero pacto por el aprendizaje. Recuperar lectura, escritura, matemáticas y ciencias como conocimientos indispensables; evaluar periódicamente para identificar rezagos y corregirlos, no para castigar; fortalecer la formación y acompañamiento de los maestros; recuperar una cultura donde esfuerzo, responsabilidad y mérito vuelvan a tener valor; involucrar nuevamente a las familias, y utilizar la tecnología y la inteligencia artificial para potenciar el aprendizaje, nunca para sustituir el razonamiento.

Y algo fundamental: inclusión y excelencia no son conceptos contrapuestos. Una educación incluyente no significa disminuir expectativas. Por el contrario, quien parte de mayores desventajas necesita mejores maestros, mayores apoyos y una escuela más exigente que le permita competir en condiciones de mayor igualdad.

PISA debe servirnos menos para elaborar rankings y más para tomar decisiones.

Podemos discutir la prueba, contextualizar sus resultados y cuestionar algunas de sus conclusiones. Lo que no podemos hacer es ignorar que demasiados jóvenes mexicanos llegan a los 15 años sin dominar herramientas fundamentales para continuar aprendiendo.

El resultado era previsible. Lo verdaderamente imperdonable sería que dentro de cuatro años volviera a sorprendernos.

Fuente: Heraldo de México-/Hugo Nicolás Pérez González

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