No estamos frente a una simple herramienta tecnológica, estamos frente a una industria global que descubrió que la atención humana.
Hace apenas una década, los padres competíamos con la televisión. Hoy competimos con miles de ingenieros, algoritmos y modelos de inteligencia artificial diseñados para captar, retener y monetizar la atención de nuestros hijos.
No estamos frente a una simple herramienta tecnológica, estamos frente a una industria global que descubrió que la atención humana es el recurso más valioso del siglo XXI.
La neurociencia ha documentado que durante la infancia y la adolescencia el cerebro atraviesa una etapa crítica de desarrollo, la corteza prefrontal, encargada del autocontrol, la toma de decisiones y la regulación emocional, aún no está completamente formada. Por eso, niñas, niños y adolescentes son especialmente vulnerables a los sistemas de recompensa inmediata que utilizan las redes sociales y las aplicaciones digitales.
Cada notificación, cada “like”, cada video que aparece automáticamente activa circuitos cerebrales asociados con la dopamina, el neurotransmisor relacionado con la recompensa y la búsqueda de placer. El resultado es una dinámica que fomenta la revisión compulsiva de pantallas y dificulta la capacidad de concentración prolongada. Las cifras deberían alarmarnos.
En México, más del 95% de los adolescentes entre 12 y 17 años utiliza internet, además, casi nueve de cada diez adolescentes ya usan redes sociales según UNICEF quien advierte que uno de cada cuatro adolescentes presenta síntomas depresivos y que alrededor de 1.3 millones de jóvenes reportaron malestar psicológico durante el último año.
No estoy afirmando que las redes sociales sean la única causa, pero sí existe una coincidencia inquietante. Nunca una generación había pasado tantas horas expuesta a plataformas diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia, y nunca habíamos observado niveles tan altos de ansiedad, agotamiento emocional y dificultades de atención entre adolescentes.
El problema ya no es tecnológico, es político, educativo y de salud pública. Así como regulamos alimentos, medicamentos o publicidad dirigida a menores, México debe abrir una discusión seria sobre la protección de la infancia en el entorno digital.
La libertad tecnológica no puede significar que los cerebros de nuestros hijos sean tratados como un mercado sin reglas. La pregunta no es si las plataformas están moldeando la mente de las nuevas generaciones ya que la evidencia indica que sí lo están haciendo, la verdadera pregunta es si los adultos tendremos el valor de actuar antes de que sea demasiado tarde.
POR HANNAH DE LAMADRID
Fuente: Heraldo de México








