El suplemento Negocios de El País dedicó su portada del 4 de octubre a las “ideas progresistas para un mundo en crisis”. En el reportaje “Un recetario alternativo a la agenda neoliberal”, Francisco de Zárate consulta, entre otros, a Thomas Piketty, Mariana Mazzucato y Daron Acemoglu. La pregunta de partida es pertinente: frente al avance de la ultraderecha, ¿tiene la izquierda propuestas a la altura de la desigualdad, la crisis de vivienda, el calentamiento global y la inteligencia artificial?
Las respuestas no son menores: impuestos a las grandes fortunas, un Estado que fije el rumbo y condicione sus apoyos al sector privado, política pública de suelo y vivienda, y el Global Justice Project de Piketty, una ruta a 2100 que integra clima, jornada laboral y gasto social.
La lectura del reportaje y los acontecimientos políticos recientes dejan, sin embargo, varias inquietudes de fondo.
La primera inquietud es la desarticulación. Lo que se ofrece es una suma de recetas sectoriales: un impuesto aquí, una misión industrial allá. El informe de Piketty es la excepción, pero su horizonte es el año 2100 y su condición es una gran coalición internacional que hoy no existe. La segunda es la generalidad. Falta el nivel intermedio, que es el de la política: secuencias, prioridades, costos, adversarios y alianzas. No se dice quién pierde con cada medida ni cómo se vence su resistencia. Un recetario es una lista de platos posibles, un programa supone además decidir qué se cocina primero, con qué recursos, con quién y para quién.
La ausencia más notable es la de los actores. En el reportaje, los verbos tienen sujetos abstractos: “los gobiernos”, “los estados”, “Europa”. Ningún partido, sindicato, movimiento o gobierno concreto aparece asumiendo estas propuestas como propias. El propio informe de Piketty lo reconoce al señalar que el obstáculo no es técnico sino político: falta construir la coalición. Esa frase, dicha casi de paso, es el verdadero tema.
El vacío es más grave porque en América Latina y en Europa han gobernado, y gobiernan, fuerzas que se reclaman de izquierda. No todo es omisión: Brasil llevó al G-20 el impuesto de Zucman, España gravó las grandes fortunas y Colombia aprobó en 2022 una reforma fiscal progresiva. Pero han sido medidas aisladas, sin un programa que las articule ni una fuerza social que las sostenga, y quedan por ello expuestas a diluirse o revertirse. México es un caso elocuente: aumentos al salario mínimo y transferencias sociales de gran alcance, sin reforma fiscal progresiva y con austeridad para la salud, la educación superior y la ciencia. Tener electores no es tener actores. El voto mayoritario y la plaza llena por convocatoria oficial expresan respaldo, no organización autónoma con agenda propia y capacidad de exigir. Un gobierno puede ganar con holgura y gobernar sin nadie que lo obligue a ir más lejos.
Lo que predomina en muchos casos es la “humanización” del programa neoliberal de las derechas: transferencias monetarias, aumentos salariales y algo de inversión pública dentro de la misma disciplina fiscal, la misma apertura comercial y la misma deferencia ante los grandes capitales. Se busca compensar los daños del modelo sin tocar su esencia.
Las razones son conocidas: la movilidad del capital, las reglas fiscales y los tratados comerciales, las coaliciones electorales con sectores empresariales, el debilitamiento de los sindicatos y las organizaciones populares y la conversión de los partidos en maquinarias electorales. Estas restricciones son reales, pero no son fijas. El margen de un gobierno depende de la fuerza social organizada que lo respalda y lo presiona. Los grandes avances en derechos sociales del siglo XX no fueron concesión de gobiernos bien dispuestos, sino conquistas de movimientos, sindicatos y partidos de masas. Donde esa fuerza falta, la prudencia se convierte en programa. A ello se suma la desconexión entre la producción intelectual crítica y los actores sociales. La conversación sigue circulando entre economistas y gobiernos; los movimientos por la vivienda y las movilizaciones latinoamericanas aparecen en la fotografía, pero no en el texto. Son paisaje, no interlocutores.
La ultraderecha, en cambio, sí tiene sujetos: partidos, medios, redes y gobiernos dispuestos a ejecutar sus ideas. Tiene también base social, porque dio nombre y culpables al malestar que el progresismo administró sin resolver (“Izquierdas frente al espejo”, La Jornada, 27/08/2026). La primera vuelta electoral en Brasil, el domingo, acaba de recordarlo.
El objetivo, entonces, no es sólo producir más ideas, sino elaborar programas y, en ese proceso, construir quién los sostenga. Tres tareas parecen indispensables.
La primera es articular. De la lista de recetas hay que pasar a programas jerarquizados y situados: pocas medidas, con secuencia, financiamiento y adversarios identificados. Para América Latina, entre las prioridades deberían estar la reforma fiscal progresiva, la política de suelo y vivienda, la apuesta decidida por la educación y la soberanía sobre datos y tecnología. Esta labor corresponde a las organizaciones sociales, los partidos y corrientes de izquierda, dentro y fuera de los gobiernos, y a los académicos críticos dispuestos a salir de sus disciplinas.
La segunda es anclar. Esos programas deben elaborarse con sindicatos, organizaciones magisteriales y populares, movimientos por la vivienda, ambientales y estudiantiles, no sólo para ellos. Así lo muestran en México las luchas estudiantiles que lograron la gratuidad de la educación superior, el magisterio disidente que obligó a derogar la reforma educativa de 2013 y el movimiento feminista que denuncia la violencia de género, hoy un asunto público ineludible. Las universidades públicas pueden ser un espacio donde el conocimiento experto y la demanda social se encuentren, por su capacidad técnica y su autonomía, a condición de recuperar su vocación de intervención en los problemas nacionales.
La tercera es exigir. Corresponde a esas mismas organizaciones, y a quienes votan por la izquierda, medir a los gobiernos que se dicen progresistas con esta vara y no con la del mal menor. Administrar con rostro humano el orden heredado no es una alternativa: termina entregando a la ultraderecha el malestar que ese orden produce. Las ideas existen. Falta la decisión política de hacerlas propias, y esa decisión no vendrá de los gobiernos si no se construye desde abajo la fuerza que los obligue.
Fuente: lajornada








