Ayotzinapa representa el costo humano de la profunda contradicción que atraviesa nuestro sistema educativo y que no se resuelve. En México construimos una educación de Estado, pero luego se persigue, reprime y hasta desaparece a quienes legitima e institucionalmente en ella se educan, pero protestan. Esta violencia aparece clara en las normales rurales y sus estudiantes y profesores, pero no es la única.
Desde 1929, no ha habido una década en que las fuerzas del Estado no persigan, encarcelen, desaparezcan o asesinen a estudiantes o maestros, sean o no normalistas. Sin embargo, Ayotzinapa, sus jóvenes desaparecidos y sus dolidos padres y madres son hoy la parte más visible y penosa de más de un siglo que dura esta contradicción y práctica de represión del Estado a quienes se educan.
Esa contradicción aparece luego de la Revolución. Porque –parafraseando a Gilly– maestras y maestros que por cientos se unieron a los sueños que alimentaron esa enorme movilización ya no eran los mismos que cuando el Porfiriato. Así, cuando Emiliano Zapata prepara la rebelión, no se reúne con hombres de armas, sino con dos maestros de letras y de ideas: Torres Burgos y Montaño.
Y muchas de las maestras y maestros que salieron de la Revolución, desafiantes y sabios, pensaron a la educación de manera muy distinta a la de Porfirio Díaz y Justo Sierra. Dejaron atrás la noción de escuela aislada de la comunidad y del barrio y crearon las “casas del pueblo”, donde niños, jóvenes y abuelos se educaban, asistidos por jóvenes maestros reclutados en las comunidades y formados en las normales rurales. Una nueva concepción del magisterio y de la educación que atrajo y emocionó a propios y lejanos. Entre ellos, maestros de Chile, de la Unión Soviética y de Estados Unidos, que hicieron del México de los años 20 y 30 un punto de encuentro de aquellos con otra manera de pensar la educación de Estado.
Como un colectivo sustentado por maestros movilizados, que no separa a niñas y niños ni entre ellos ni en sus comunidades, aparece un proceso donde todos enseñan y todos aprenden en asambleas, talleres y huertos. Educación y trabajo, juntos; educación y política, inseparables (porque educar es aprender que todos tengan poder).
Por eso el cardenista artículo tercero constitucional insistía en que la educación debía ser socialmente incluyente, socialista. Y armados de esta concepción, la SEP y los maestros rompieron con la educación prusiana del Porfiriato, a pesar de que Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Porfirio Díaz, al inaugurar la Nacional en 1910, decía que había que “poner fuera del alcance universitario a las escuelas normales”, pues incluir también esos estudios (y a los maestros) sería “desastroso”.
Y, además, pedía que para crear nación había que cultivar el orden, “convertir la disciplina externa en interna” y afianzar “una lengua nacional (extranjera) sobre el polvo de todos los idiomas de cepa indígena”. Es decir, la teoría prusiana de la educación (“una lengua, una nación”), sin considerar la enorme pluralidad cultural de México.
Enfatizar el orden significó concentrar, además, el poder en funcionarios y prestigiados académicos. Y la primera rebelión estudiantil (1929) fue precisamente por el “orden” de la Universidad de Sierra, donde, decían los estudiantes, “aún no llega” la Revolución a las universidades, pues allí, “la voz y voto de los estudiantes… no tienen ningún valor” (Silva Herzog, Una historia de la Universidad de México y sus problemas, página 50). Y sigue igual.
Esta es la esencia de la contradicción: a pesar de una revolución popular, de la caída de Porfirio Díaz, de la creación del proyecto democrático de maestros movilizados y del mandato constitucional y de las comunidades, desde Ávila Camacho y Torres Bodet se escoge mantener vigente e imponer una versión del poco disimulado proyecto prusiano de Díaz y Sierra en la educación.
Hubo un cambio radical en la distribución y tenencia de la tierra y en los derechos laborales, pero eso no se quiso en la educación. De ahí que cada uno de los movimientos y las represiones que ocurren desde 1920 nacen de esta tensión. Ayotzinapa resume esta historia y la encarna de manera tangible y dolorosa. Porque en esta historia ahora aparece un Estado que ni quiere cambiar, ni sabe cómo resolver. Embarcado en una crisis lenta e inexorable, con seis secretarios de Educación compitiendo en impericia, ni puede ni sabe resolver y, acorralado, ya no quiere oír las voces de protesta.
Sin embargo, una verdadera transformación en la educación sería precisamente partir de esa contradicción secular, resolver el caso Ayotzinapa, hacer a un lado la estructural unilateralidad y autoritarismo, y construir grandes acuerdos con los que de hecho son actores decisivos.
De otra manera, estudiantes, maestros, la educación y la sociedad seguiremos siendo obligados a vivir en la conflictiva e ineficiente educación del siglo XIX.
Fuente: lajornada








