La experiencia humana demuestra que la pasión desborda cualquier límite conceptual: es aquello que mueve desde dentro, lo que insiste y quema aún a nuestro pesar
«Un tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, no puede cambiar de pasión».
Acabo de escuchar esta frase en la película El secreto de sus ojos. Me deja la piel de gallina. Puse pausa a la televisión y abrí la computadora para cuestionar la hondura de esta afirmación; para comprender que, en incontables ocasiones, son nuestras pasiones las que sin duda nos definen por completo. Me pregunto cuántos Benjamines existen allá afuera, suspendidos en el limbo de estar perdidamente enamorados. Benjamín ama profundamente a Irene, pero su incapacidad para actuar y su temor al rechazo, acentuado por las diferencias de clase social y jerarquía, lo llevan a una procrastinación afectiva que se prolonga durante veinticinco años.
Al no poder verbalizar su deseo, este se desplaza hacia los gestos y la mirada. A esta tensión del que ama en silencio, los psicólogos le llamamos respiración contenida. Más tarde, al jubilarse, recurre a la sublimación al escribir una novela. Al descubrir cómo Morales vive anclado a un amor del pasado a través del rencor, comprende que ese enclaustramiento equivale a una «muerte en vida». La película cierra con un potente simbolismo de liberación: el acto definitivo de entregarse a la propia pasión.
Basada en la novela La pregunta de sus ojos, de Eduardo Sacheri, la historia entrelaza un thriller policial, un drama romántico melancólico y un retrato político e histórico para explorar los rincones más hondos de la psique. Lo logra con maestría: nos conduce a mirarnos ante el espejo para entender que quien vive desprovisto de una pasión se condena a una existencia vacía. La experiencia humana demuestra que la pasión desborda cualquier límite conceptual: es aquello que mueve desde dentro, lo que insiste y quema aún a nuestro pesar.
Sin embargo, la fijeza de esa premisa me despierta algunas dudas. ¿Permanecen las pasiones inmóviles para siempre? Vale la pena reflexionar en las propias: saber si ha nacido una nueva, si quedaron en el olvido, si se siguieron con fervor o si hubo el arrojo de transformarlas. ¿Acaso las pasiones se acentúan con los años o cambian de cauce con el paso del tiempo?
Hegel decía que nada grande en el mundo se ha hecho sin pasión. Y Kierkegaard advertía que la existencia sin ella es pura tibieza.
Existe una fascinación por las personas en su otoño, esa época donde por fin hay entrega a lo que atrae, se descartan los blindajes, se tiene un pasado lleno de aciertos y errores y se reconoce, con claridad y sin disfraces, qué enciende la vida. Si no es así, conviene hacer una pausa, llevar la mano al pecho y preguntarse con honestidad: ¿qué mantiene encendida la propia llama? Y buscar más de eso.
Fuente: Heraldo de México








