Sus Excelencias no se enferman

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Con Putin, el Kremlin ha negado rumores de enfermedad y hasta versiones sobre supuestos dobles de esa Excelencia. Nada de eso autoriza a diagnosticarlo mirando videos

Cáncer de pulmón. El Vaticano escribió las palabras que tantas oficinas de prensa preferirían someter primero a consideración de los asesores de imagen. León XIV anunció el domingo que sería operado; el martes se confirmó un adenocarcinoma pulmonar y se informó que le habían extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante cirugía videoasistida. Una noticia grave, comunicada sin convertir el diagnóstico en un acertijo.

No sabemos todo ni puede darse por resuelto lo que sigue. Pero conocemos lo esencial y quién lo informa. Eso permite distinguir una enfermedad confirmada de una conjetura. La transparencia no cura al paciente; evita que la desinformación se convierta en su portavoz.

La comparación con otros grandes líderes del planeta resulta incómoda. Quien ocupa la silla de San Pedro admite su fragilidad mientras varios mandatarios terrenales parecen exigir que también sus organismos obedezcan órdenes.

El problema empieza cuando un gobernante ha vendido su fortaleza personal como garantía de la fortaleza nacional. Entonces, una enfermedad deja de ser únicamente un padecimiento: amenaza la propaganda que sostiene al personaje. Después de presentarse como indispensable, resulta complicado explicar que su Excelencia necesite reposo.

En septiembre, Xi Jinping faltó a una cena de gala de los BRICS en Nueva Delhi. Según The Wall Street Journal, personas conocedoras del episodio señalaron que se encontraba indispuesto. La falta de una explicación pública china alimentó especulaciones sobre la salud del mandatario. Conviene subrayarlo: una ausencia no prueba una enfermedad grave. Pero el silencio permite que cualquier versión ocupe el lugar de la información.

Con Putin, el Kremlin ha negado rumores de enfermedad y hasta versiones sobre supuestos dobles de esa Excelencia. Nada de eso autoriza a diagnosticarlo mirando videos. Sí permite advertir el absurdo informativo: se discute si una mano, un gesto o una postura revelan aquello que un parte médico podría aclarar. El secretismo convierte a medio mundo en médico de sobremesa.

Trump exige un matiz. La Casa Blanca sí divulga informes, reconoció la insuficiencia venosa crónica de su Excelencia anaranjada y atribuyó los moretones en las manos al uso de aspirina y a los frecuentes apretones. Además, en Estados Unidos la prensa puede cuestionar esas explicaciones. Equipararlo sin más con China o Rusia debilitaría la comparación.

Lo discutible es la envoltura. Sus informes han celebrado una salud “excelente” y hasta una edad cardíaca inferior a la cronológica. Su Excelencia rejuvenece por órganos. La información médica pierde credibilidad cuando parece obligada a felicitar al paciente.

De ahí la diferencia que importa: informar no consiste únicamente en publicar un documento. Trata de ofrecer datos pertinentes, reconocer lo que todavía se desconoce y explicar las consecuencias para el ejercicio del cargo. Los adjetivos no sustituyen ninguna de esas obligaciones.

Un gobernante conserva su derecho a la intimidad. La ciudadanía, por su parte, tiene un interés legítimo en saber aquello que podría afectar su capacidad para decidir, trabajar o delegar. No necesita tener en su poder el resultado de cada análisis; necesita saber si quien manda puede hacerlo y qué ocurrirá si temporalmente no puede.

Tampoco el periodismo queda exento. Exigir información verificable es parte del oficio; convertir un tropiezo en diagnóstico, no. El hermetismo oficial merece escrutinio, pero no vuelve verdadera cualquier sospecha o interpretación. Una columna contra el rumor tampoco puede alimentarse de él.

Hay, además, una trampa en suponer que ocultar la enfermedad desalienta las intrigas sucesorias. Puede ocurrir lo contrario: cuando nadie sabe cuánto creer, cada ausencia permite hacer cuentas. El silencio no suspende la lucha por el poder; le proporciona material de combustión.

La respuesta del Vaticano en este episodio ofrece una enseñanza bastante terrenal: una institución puede reconocer la vulnerabilidad de su cabeza sin anunciar su derrumbe. Donde admitir un padecimiento parece poner en riesgo al Estado, conviene preguntar cuánto Estado queda fuera del hombre.

Tres en Raya

El gobernante que se proclama indispensable acaba haciendo de su cuerpo un problema de seguridad nacional. Y de los ciudadanos, espectadores pendientes de si su Excelencia consigue subir una escalera.

Fuente_ Heraldo de México

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