Un abrazo que perdure

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En 2006, Felipe Calderón se encargó de expandir por todo México una guerra que venía avanzando por distintos puntos del país. La guerra, que se impulsó desde Estados Unidos con la narrativa de “combatir a las drogas”, ha sido en realidad una guerra por los territorios, contra los pueblos y la naturaleza, una guerra de recolonización mediante economías legales y criminales, megaproyectos, extractivismos y también a través de corporaciones criminales. La guerra, que ya se manifestaba con brutalidad en Chihuahua, en Jalisco y en Sinaloa, por mencionar algunas geografías, se fue extendiendo por todo México.

Aunque desde los primeros días de la gestión de Calderón llegaban noticias de la barbarie que se imponía en el país, la sociedad mexicana tardó en responder de manera organizada. La lista de los horrores fue creciendo: 15 de septiembre de 2008, ataques con granadas durante la conmemoración del grito de Independencia en Morelia, Michoacán; 31 de enero de 2010, ataque contra jóvenes que se encontraban en una fiesta en Villas de Salvárcar, Chihuahua, y 25 de agosto de 2011, ataque al Casino Royale, en Monterrey, Nuevo León.

Como en el pasado, durante el terrorismo de Estado, las familias de personas asesinadas, desaparecidas, o que fueron encarceladas injustamente, comenzaron a organizarse. Desde el Estado, Calderón abonaba a la criminalización de estas familias y sus seres queridos: “si los mataron es porque en algo andaban”, dijo más de una vez.

Las familias de personas víctimas de las violencias no sólo enfrentaban –y enfrentan– el desprestigio y criminalización desde el Estado: su soledad muchas veces también fue acompañada del abandono de las izquierdas y la progresía. “Nosotros sólo exigimos justicia para las personas que hayan sido desaparecidas o asesinadas mientras luchaban”, dijo una afamada activista en 2011, cuando miles de familias se organizaron en el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y recorrieron el país para visibilizar la guerra en México.

En 2014, cuando muchas familias que buscaban a sus seres queridos habían agotado todas las instancias institucionales, incluyendo diálogos con presidentes y aprobación de leyes, tomaron una terrible y a la vez maravillosa decisión: emprender la búsqueda ellas mismas, en contra del Estado, al que calificaban también de responsable junto al crimen organizado.

La decisión implicaba también ir en contra de muchas organizaciones que les alertaban sobre los riesgos. Las familias, que ya habían recorrido el país con las fotos de sus seres queridos, y que se habían cansado de hablarle al Estado y también a la sociedad, decidieron armarse de varillas, palas, picos, cubrebocas, sombreros y botellas de agua, y llenas de amor y dignidad, hicieron lo que el Estado se negaba: buscar a las personas desaparecidas. Frente a su soledad y frente al abandono de la sociedad y las izquierdas, las familias buscadoras han sido amorosamente tercas y eso se resume en su grito no de guerra, sino de vida: “¿Por qué les buscamos? Porque les amamos”.

Las familias y colectividades de buscadoras representan una forma nueva de movimiento social, una que devela las características estructurales y sistémicas de lo criminal, que demuestra las relaciones entre el Estado, mercado y crimen organizado en la mercantilización de la vida, en el reclutamiento forzado, en el trabajo esclavo y en tantas otras formas en que el capitalismo se despliega hoy en nuestros territorios. Pero las familias y colectividades buscadoras también son expresión concreta de una lucha que puede leerse como autónoma y anticapitalista: frente un Estado corresponsable, ellas, familias y colectividades, se lanzaron a hacer el trabajo por su propia cuenta y con sus propios recursos y habilidades. Anticapitalistas, porque en medio de un sistema que impone muerte y destrucción, las familias y colectividades de buscadoras buscan vida, memoria, dignidad. Movidas por el amor, por el cariño, buscan a sus seres queridos, y buscan a otros y otras, y forman comunidades de buscadoras que son faro de esperanza en medio de una sociedad tan maltratada. 

Desde hace 20 años, los pueblos zapatistas han tenido la intención de dar un abrazo y ofrecer su oído a las familias y colectividades buscadoras de México y Centroamérica. Los zapatistas saben bien de soledad y de abandono, y saben también ser comunidad e invitar a otros y otras a construir comunidad más allá de las fronteras. Los zapatistas, que abrazaron a las buscadoras del terrorismo de estado en México y de América Latina, hoy se preparan para recorrer distintas zonas del país para ir al encuentro y al abrazo con las familias y colectividades buscadoras que así lo deseen. Ese abrazo entre zapatistas y buscadoras puede ser también un momento para que la sociedad se sume al reconocimiento y solidaridad con la lucha de las buscadoras. Hagamos que ese abrazo perdure, que se mantenga hasta encontrar a todas las personas desaparecidas.

Fuente: lajornada

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