Las encuestas adoptadas por Morena, como método para lanzar candidatos a la competencia electoral, nada tienen que ver con el debate, la movilización y el desarrollo de la conciencia del cambio. Representan un mecanismo caro a las tecnocracias –de derecha y, si acaso, centristas–, pues con ello desplazan a segundo término las opciones propiamente políticas. Y una que no es opción, sino condición fundamental de la democracia: la asamblea. Institución la más antigua de la humanidad para tomar decisiones colectivas de supervivencia, la estructura piramidada (cupular, autoritaria) de los partidos en México, sin excepción, la eluden sistemáticamente y la sustituyen por fórmulas más articuladas al mercado que a la política.
El resultado de la selección interna-externa en Morena es muy claro. No hay uno solo de los llamados “coordinadores” de la defensa del voto morenista que responda a una definición democrática “progre” y mucho menos de izquierda. Sus efectos son igualmente favorables al avance de la derecha; por ejemplo, las posiciones conseguidas por el Partido Verde y la marginación del Partido del Trabajo (PT).
Uno de los rostros más deleznables del proceso prelectoral experimentado por Morena en el país es el de Nuevo León. El oportunismo y la búsqueda de puestos antes que cualquier otro interés fueron la marca de este proceso. Luego de que las encuestas fallaron en el propósito de mantener la unidad (o bien tuvieron éxito si es que, como ha dicho Alberto Anaya, el dirigente del PT, la mano de Washington intervino, y entonces sólo sirvieron a la claudicación frente al imperio y la plutocracia local, que ha sido siempre su caja de resonancia), se produjo la dispersión. Varios diputados, encabezados por el coordinador de la bancada morenista, se pasan a Movimiento Ciudadano, y no es remoto que esto, reforzado por el cuestionamiento –a toro pasado– de Tatiana Clouthier sobre el resultado de las encuestas, desencadene una fuga mayor. Dos más de los precoordinadores se han manifestado igualmente en ese sentido. Está anunciada la probabilidad de que los partidos aliados de la 4T postulen candidato distinto al oficial para 2027.
Pero antes de cualquier otra consideración, hay que ver cuál ha sido el papel que Morena ha jugado en la política local. En sí no ha hecho sino acomodarse al contexto social de este estado conservador y hegemonizado por una plutocracia ya centenaria. Pronto hará medio siglo que el PRI, a exigencia de esa plutocracia, expulsó todo vestigio de la izquierda en vigorosas organizaciones sociales y educativas. Los efectos más visibles de ese contexto son asaz visibles: la desmovilización; la sujeción sociopatógena de los trabajadores (en más de lo que ha corrido el siglo XXI no ha habido huelgas), y esto los gobiernos que ha tenido el estado lo han presentado como facilidad para atraer la inversión extranjera; la muy baja participación ciudadana, a la que sólo se convoca en época de elecciones; el entretenimiento a pasto como clave de control. No hay voces críticas con suficiente difusión ni medios que las permitan. Y las que se expresan en este sentido se ven reducidas a la condición de parias.
Morena puso en circulación el reclame “la revolución de las conciencias”. No ha sido otra cosa que un lema. La conciencia del cambio se genera, necesariamente, en la lucha al lado de las necesidades y demandas más apremiantes de la población. Para poner un ejemplo opuesto: ninguno de los aspirantes a ostentar la candidatura de Morena jamás hizo nada en ese sentido, salvo el intento de escuchar a los intelectuales y artistas por el alcalde con licencia de Escobedo. El catecismo morenista (“No robar, no mentir, no traicionar”) de nada sirve sin esa lucha.
Es irrisorio pensar que el objetivo de construir un partido de 10 millones de militantes con prácticas como las que se apuntan pueda ser otra cosa para Morena que mantener por medios clientelares a un sector de la mayoría silenciosa, pero sufragante.
La derrota del Partido de los Trabajadores (PT) en la primera vuelta en Brasil pudo deberse, como ha explicado Atilio Borón, al intervencionismo estadunidense, a sus embajadas propias y a las no oficiales de la oligarquía, sus poderosos medios corporativos y la feligresía evangélico-sionista. Pero también, agrega el lúcido teórico argentino, a la creciente burocratización y desapego del PT de sus bases sociales, algo ya muy ramificado en Morena. Desapego inmediato es el que muestra su dirigencia en relación con su militancia. Para la elección interna de sus próximos candidatos, simplemente la ignoró, obviamente porque considera, bajo el argumento del frente amplio (más bien “reciclaje de opositores”, según el periodista estadunidense Kurt Hackbarth, y peor: reciclaje de individuos corruptos y abiertamente enemigos de la 4T), que sus militantes carecen de capacidad política. Es decir, que Morena no ha sido capaz de formar los cuadros necesarios para crear una fuerza de gestión ejecutiva propia, que traduzca en estados y municipios las políticas del gobierno nacional.
A esa incapacidad Morena la ha sustituido con políticos acomodaticios. Ha desatendido a su militancia y a la fuente de donde mejor podría nutrirse de genuinos liderazgos orientados al cambio: los movimientos sociales.
La conclusión se autolee: o Morena cambia –ya– o sus propios errores y todo cuanto la acecha desde dentro y desde fuera la cambian.
Fuente: lajornada








