Por años bebieron agua de pozos llenos de arsénico. Hoy el cáncer invade a habitantes en Coahuila

Samuel, de 58 años, originario del Ejido El Venado, municipio de Madero, en la región del arsénico, vive con diabetes y una malformación congénita en su pierna derecha, que lo mantienen atado a una silla de ruedas en el portal de su casa de Salvador. Los estudios más recientes realizados por la la Universidad Juárez del Estado de Durango, en coordinación con la Universidad Autónoma de Coahuila, revelan que la ingesta de agua con elevadas concentraciones de arsénico, puede ocasionar infertilidad e incluso trastornos como la obesidad.

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Coahuila.– A las 3:00 de una tarde húmeda en “La Manada”, el pequeño rancho jaspeado de espesos pinabetes y nopaleras frondosas, un enjambre de moscas gordas, atraído por el hedor a muerto, a carne podrida, revolotea ávido en derredor de la mano gangrenada, destrozada, de don Santos Martínez.

La mano izquierda de don Santos: apenas un amasijo de carne sanguinolento, pestilente, donde no hace mucho hubo una mano.

La mano de don Santos.

De vez en vez Santos se espanta las moscas, tercas, hambrientas, con su otra mano regordeta y tostada por el sol, que de un tiempo a la fecha ha empezado también a picarse.

“Mire lo que tengo ái. Mire, esto, esto… Me resultaron todos estos cuerillos en las dos manos. Es por el agua, por el arsénico del agua…”, masculla Santos.

Se lo dijo un doctor de Madero: que es por el agua que desde crío tomó Santos de los pozos contaminados con arsénico en el Ejido 18 de Marzo, municipio de Francisco I. Madero, en la Comarca Lagunera de Coahuila.

De Francisco I. Madero, conocido como “el corazón de la Laguna”, un corazón cuyas arterias están corroídas por el arsénico.

Santos había migrado de su natal San Luis Potosí, con una hermana suya, a esta feroz región de soles y tolvaneras, hace unos 60 años, cuando él tenía 13.

Desde entonces, como el resto de los pobladores del 18 y de toda esta ruta, la ruta del arsénico, bebió y bebió el agua de los pozos infestados con veneno.

Cuenta Santos, 73 años, bajito, menudo, el rostro morocho y curtido por el trabajo en las pizcas de algodón.

Mientras, el parloteo de una radio hiere el silencio de la finca, con sus cuartos de tierra y sus cercos de espinos, que es la casa de don Santos Martínez, enclavada en los límites de la estepa, a orillas de una angosta y larga carretera que lleva y trae a otras rancherías por cuyos veneros corren historias con sabor a arsénico, como la de Santos.

Santos había entregado el alma en el riego y las pizcas, en las tierras de los ranchos y pequeñas propiedades de la región.

Hoy vive pobre y enfermo.

Y casi, se mantiene con la ayuda de dos mil pesos que cada dos meses le pasa el Gobierno.

En el 18 de Marzo, la gente habla del anciano que vive solo en la última casucha que hay a unos 100 metros de la salida, en los márgenes de la vereda, y que está “malo” de las manos.

Santos machetea con una mano, su mano buena y sana, una rama de mezquite, y el golpeteo seco del machete que cercena, destaza, corta, mutila, el palo, hace eco, como un grito, al otro lado de la leprosa, y a ratos desolada, autovía: el camino del arsénico y acaso de la muerte.

“Me dicen que aquí murieron dos, de esto… Había otro señor que también estaba ansina. Tiene poquito que murió…”, dice Santos.

Aquí, en los pueblos de la Laguna, cuyos bajos fondos son la morada del demonio del arsénico, ha habido muertos.

No hay números.

Fuente: SinEmbargo

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