Derrota y persistencia

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Ha sido difícil reconocer, y aceptar, en su fina complejidad, lo arrojado por los resultados electorales. El triunfo del modelo justiciero de Morena y, por añadidura, de sus abanderados a los múltiples puestos en juego está renovando oposiciones similares a las conocidas. En el anverso de este rutilante momento aparecen también los triunfadores. En el reverso, en cambio, los derrotados. La inevitable consecuencia de una democrática contienda por el poder de esta República. Unos y otros, ya sea en su eufórica victoria o en la inevitable depresión de la derrota, las consecuencia les aparecen como derivada indetenible.

La campaña que precedió a las urnas llenó el gran espacio público de voces e imágenes sucesivas, parcializadas y difíciles de absorber en sus contenidos y promesas. Aún así, se ha tenido que hacer el esfuerzo por desentrañar, tanto lo que se ha ganado como lo perdido. Ahora importante es desentrañar lo que a cada conjunto de ellos les traerán, obligadamente, los dictados populares. Para los morenos queda el difícil encargo de aceptar la apabullante voluntad ciudadana que les confiere, por seis años venideros, el manejo sustantivo de los asuntos públicos. Para la oposición, la tarea consiste en situarse como tal. Será un asunto, sin duda, penoso pero necesario, igualmente difícil de absorber y desentrañar.

En algunos organismos y personajes de la oposición se distinguen reacciones consecuentes, adoloridas pero serenas, en búsqueda de explicaciones por el atropello padecido. Pero a otros muchos les provoca pulsiones airadas, reactivas, un tanto inesperadas que sacan a relucir sus incapacidades de acercarse a la nueva realidad. Esto último rebela persistente actitud obcecada. No aceptan lo sucedido y lanzan al aire, de nueva cuenta, fobias, corajes y tonterías. Aunque, en esta suma de posturas encontradas, destaca, todavía nublada, la corriente que intenta acomodarse a la nueva realidad creada por los apabullantes resultados. En estos lugares y voces se muestran afanes, con buen talante, de aceptar sus roles, organicidad y discurso a seguir en el modificado presente.

Un suceso abrió rendijas políticas por las que penetraron los oportunistas de los medios y otros actores de la difusión. La caída de la bolsa de valores y las fluctuaciones del peso fueron, de inmediato, tomadas como tajantes dictados de inversores en rechazo al poder cedido por la mayoría del pueblo. Empezó entonces la algarabía de aquellos que vieron un ancho modo de respaldar sus reclamos, ser oídos, tomados en cuenta y, ¿por qué no?, condicionar al rival. Se lanzaron, con renovados bríos, apelando a sus continuas exigencias y drásticas pulsiones por situar al poder venidero. El capital, dijeron de inmediato, votaba por restringir y suavizar la conducta de los futuros gobernantes de la nación. Desean, aseguraron, que haya poderes con contrapesos. Y retornaron a sus obsesiones y seguridades verbales que, en verdad, ya deben, si no retirarse por ineficaces sí, cuando menos, repensadas con matices y tiempos.

Han entrevisto estos recalcitrantes opositores que es el momento de restar fuerza a la nueva gobernante. Siendo mujer, la sienten influenciable si se tiene el respaldo de los mercados, ese puño etéreo, pero aceptadamente poderoso, que los encandila y obnubila. Como un complemento ya muy usado, le suman pronósticos de desastres, endebles pero sonoros. En unísono tropel, se han lanzado, medios y opinadores, a forzar una toma de postura por parte de Claudia Sheinbaum, distinta a la que rechazan y temen de AMLO. Al mandatario saliente no lo quieren ver, de nueva cuenta, a cargo de las decisiones nacionales.

Lo vuelven acusar de tirano y destructor de la democracia. Una ruptura entre la presidenta electa y el actual Ejecutivo federal es una endeble ensoñación opositora. Ensoñación, por completo engañosa y finalmente falsa, causa eficiente de su fracaso como estrategia de un contrincante electoral. Y también un espejismo creado por los mismos medios, pero que embaucó a buen numero de mexicanos.

Esta visión suponía mostrar un –por demás cuestionable– caos reinante en el país, supuesto sinónimo de mal gobierno. Apuntaron, con la usual saña clasista, al líder que, según su narrativa, destrozó al país y destruyó cuanta institución valiosa existía. Un verdadero peligro nacional continúa siendo su conclusión, Un tirano en potencia que persistirá en castigar toda forma de democracia.

Han vuelto a su irremediable ruta de fracaso. No hay discordancia entre Claudia y Andrés. Habrá, sin duda, ajustes de tiempos pero no de contenidos y propósitos. Las reformas irán porque se han diseñado para el bien de las mayorías que, los opositores insisten, todavía convulsos por su trágico fracaso, en ningunear.

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