Las armas sacuden de nuevo a Torreón

Los vecinos de la ciudad mexicana a la que la guerra contra el narco golpeó duramente hace una década, intentan superar el ataque en el Colegio Cervantes

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El fuerte viento que sacude la noche invernal en Torreón impide que Susana Ramos encienda la vela que trae consigo para rendir homenaje a las víctimas del ataque contra el Colegio Cervantes, donde un chico de 11 años mató la mañana del viernes a su maestra e hirió a otras seis personas antes de suicidarse. La chica, de 22 años, exalumna del colegio, pide ayuda para encender un fuego que se le escabulle, como se le escapan las respuestas a las preguntas que la martillean. “No entiendo por qué pasó esto. Llegué a tener mis mejores momentos aquí. Es que no me lo explico”. Es el por qué que se repite entre los habitantes de esta ciudad del norte de México, emplazada sobre lo que fue una laguna convertida hoy en un amplio manto urbano. Una población que hace una década sufrió una sangrienta guerra entre cárteles que dejó centenares de muertos y desaparecidos, pero que nunca se imaginó que un chico de once años podía conseguir las armas para atentar contra sus compañeros y maestros.

“Hay mucho enojo y también mucha tristeza. Desgraciadamente este día va a quedar marcado para siempre”, dice Susana tras depositar la vela en la puerta de la escuela, al lado de otras candelas, globos blancos, flores y una nota escrita en cuaderno escolar: “Qué Dios les dé fortaleza. El amor sanará nuestras rupturas”.

El joven se llamaba José Ángel y hasta ahora se sabe que vivía con sus abuelos paternos, tras la muerte de su madre cuando él tenía entre cinco y seis años. Creció, dicen las autoridades consultadas, con los mimos que en casa prodigaban los abuelos, después que el padre rehiciera su vida con otra pareja. Le gustaban los aparatos tecnológicos y asistía a clase con un iPhone de última generación, un reloj iWatch y jugaba también con drones. Por eso era admirado entre sus compañeros, que se quejaban de que sus padres no les daban semejantes lujos. Lo cuenta Humberto Barbachano, de 38 años, cuyo hijo mayor estudia en el mismo salón que José Ángel, en sexto grado. Era, dice, un chico despabilado. Bueno para las matemáticas, competitivo. “Un chavito carismático. No tenía el perfil de una persona que fuera rechazada. Pero no sabes tú lo que está viviendo en casa o en su interior”, comenta este comunicólogo que vive a una manzana del colegio que fue fundado en marzo de 1940 por un exiliado español, Antonio Vigatán Simó.

Barbachano terminaba de asearse el viernes por la mañana cuando por una llamada de su madre se enteró de lo que sucedía en el Cervantes. Le tomó un minuto llegar hasta la puerta de la escuela, donde ya reinaba el caos: ambulancias, padres desconcertados, oficiales acordonando el área. Sus dos hijos estudian allí, pero fue el mayor, cuando lo pudo encontrar, quien le contó lo que había sucedido: su compañero pidió permiso a la maestra para cambiarse, fue hasta el baño, donde se tardó 15 minutos. La maestra de inglés María Assaf Medina, llamada con cariño Miss Marrie, lo fue a buscar y el niño le disparó. Antes de suicidarse hirió a otro maestro y cinco compañeros. “Es un tema del que jamás esperas llegar a hablar”, comenta Barbachano. “Los papás estamos asustados, al igual que los niños, pero tratamos de no catalogar al pequeño como un asesino, sino como una víctima”.

Los motivos que llevaron al chico a cometer el crimen y saber cómo pudo hacerse con las armas es lo que intenta esclarecer Gerardo Márquez, fiscal general del Estado de Coahuila, al que pertenece Torreón. En entrevista con EL PAÍS asegura que la línea de investigación se basa en la hipótesis de que las armas podrían haber estado en la casa de los abuelos del niño, pero es muy cuidadoso al darlo por un hecho. Dice que hicieron una inspección en el domicilio y que encontraron muchos videojuegos –“algunos con actividades violentas, de combates”, acota–, juguetes bélicos y en las entrevistas con compañeros de clase uno de ellos dijo que en algún momento el chico contó que había en su casa armas. “Estamos concluyendo la primera etapa de la investigación. Que la procedencia de las armas es el domicilio del niño es una deducción a la que llegamos regularmente, porque el acceso a este tipo de instrumentos solo se puede dar al interior del hogar. Es conocimiento empírico de los hechos hasta que no tengamos las investigaciones periciales. Estas no son pruebas determinantes”, explica el funcionario. A la espera del informe pericial definitivo, las autoridades apuntan a que se trata de artefactos de calibre 22 –que se adquieren con permiso de las autoridades correspondientes– y calibre 40, cuyo acceso es restringido y para uso de oficiales de seguridad. Los peritos investigan, a través del registro de estas, el lugar de fabricación, venta y procedencia de las armas.

En una ciudad que hace una década fue golpeada por la disputa territorial entre el cartel de Los Zetas y el de Sinaloa, no es muy difícil encontrar armas. Es, a decir del periodista lagunero Javier Garza, uno de los más reconocidos del país, “una secuela” de aquel enfrentamiento. Garza afirma que hay un mercado ilegal de armas y que la mayoría de los homicidios y asaltos que se registran en la ciudad se hacen con armas de fuego. Aunque las estadísticas ya no son las mismas que hace diez años. Según cifras oficiales, entre 2007 y 2012, 4.000 personas fueron asesinadas, mientras que 2018 cerró con 94 homicidios. El fiscal Márquez asegura que lo del mercado ilegal de armas “no es materia de investigación en este caso” y explica que en lo que respecta a la Fiscalía se tiene registro de todo el armamento que ha sido incautado en refriegas entre las autoridades y el crimen organizado.

Los habitantes de Torreón siguen con expectativa cada parte que publican las autoridades. Quieren comprender lo que pasó el viernes, porque se niegan a aceptar que su ciudad, de la que se sienten orgullosos por haber superado el horror de la violencia narco, vuelva a los titulares teñida de sangre. “Torreón es una región cálida, no solo por su clima en verano, sino por su gente, pero el día de ayer fue terrible en todos los aspectos, fue uno de los peores días de su historia. Aquí somos muy futboleros y nadie le dio importancia a la liga. No es el mismo sentimiento cuando tuvimos la ola de violencia, esto es diferente. Sabemos que no fue culpa del sistema, de las autoridades. Asumimos nosotros como sociedad la culpa de lo que sucedió, pero la seguridad que se perdió queremos recuperarla. Ni Torreón ni México se caracterizan por este tipo de violencia”, dice Humberto Barbachano, mientras él, su esposa y sus hijos se preparan para asistir a las misas de homenaje de José Ángel y Miss Marrie.

Fuente: elpaís

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