Casi seis millones de hectáreas han ardido este verano en Norteamérica y Europa, mientras la sequía golpea a grandes ríos como el Rin y el Danubio y agrava la presión sobre el transporte y la energía
El verano de 2026 está dejando una sucesión de incendios y episodios de sequía que la ONU considera otro reflejo de un clima cada vez más extremo.
Casi seis millones de hectáreas han ardido en Norteamérica y Europa durante esta temporada, mientras varios de los principales ríos del continente sufren una importante reducción de sus caudales.
Un escenario que, según Naciones Unidas, alimenta un círculo cada vez más difícil de romper.
El calor y la falta de agua secan los bosques, las condiciones favorecen los grandes incendios y estos liberan enormes cantidades de dióxido de carbono que contribuyen a agravar el calentamiento global.
España se encuentra entre los países que han sufrido con mayor intensidad esta situación.
El megaincendio registrado a finales de julio en Ávila y la Comunidad de Madrid arrasó más de 200.000 hectáreas, una superficie que duplica la media anual histórica de hectáreas quemadas en el país.
Francia también ha afrontado una temporada especialmente complicada, con cerca de 42.000 hectáreas de pinares destruidas en Gironda, donde miles de habitantes y turistas tuvieron que ser evacuados.
El balance europeo supera ya las 434.000 hectáreas calcinadas, mientras que al otro lado del Atlántico las cifras son todavía mayores.
Estados Unidos acumula cerca de 1,85 millones de hectáreas afectadas por el fuego y Canadá alcanza los 3,8 millones.
Para la Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa, la dimensión y la frecuencia de estos episodios no pueden analizarse al margen del cambio climático.
Jean Rodríguez, portavoz de la Comisión, señala que los incendios registrados en España, Francia y otros países europeos son consecuencia de unas condiciones ambientales cada vez más favorables para la propagación de grandes fuegos.
El problema, explica, no reside únicamente en que haya olas de calor o incendios, fenómenos que siempre han existido, sino en que estos episodios extremos aparecen cada vez más juntos y con mayor intensidad.
Las temperaturas elevadas, la pérdida de humedad del suelo y unos bosques cada vez más secos generan un escenario propicio para que un incendio pueda alcanzar dimensiones extraordinarias.
Y el fuego devuelve el golpe al clima. La vegetación quemada libera a la atmósfera grandes cantidades de dióxido de carbono, contribuyendo a incrementar la concentración de gases de efecto invernadero.
El resultado es un proceso de retroalimentación en el que el calentamiento favorece los incendios y los propios incendios contribuyen posteriormente al calentamiento.
A esta situación se suma una sequía severa que afecta a diferentes puntos de Europa. El Rin y el Danubio, dos de las grandes arterias fluviales del continente, han sufrido descensos de caudal que amenazan sectores estratégicos como el transporte de mercancías y la producción energética.
Cuando el nivel de los ríos disminuye, los barcos tienen que reducir la cantidad de carga que transportan para poder navegar con seguridad.
Esto incrementa los costes del transporte y puede terminar trasladándose al conjunto de la economía.
La falta de agua también afecta a algunas centrales nucleares situadas junto a los cauces, que utilizan el agua para sus sistemas de refrigeración.
Ante este escenario, la ONU reclama combinar la reducción de emisiones con medidas de adaptación y prevención.
Una de las claves pasa por cambiar la gestión de los bosques y recuperar determinadas actividades tradicionales que contribuían a mantenerlos vigilados y reducir la acumulación de vegetación seca.
El factor humano también resulta determinante. Naciones Unidas calcula que nueve de cada diez incendios tienen su origen en la actividad humana, ya sea de forma intencionada, por negligencia o por accidente.
La prevención pasa por limitar determinadas actividades en los momentos de mayor riesgo, extremar las precauciones con maquinaria y evitar acciones aparentemente pequeñas, como arrojar una colilla, que pueden desencadenar una catástrofe.
Fuente:estrelladigital








