La vida es sueño de Thimbo: del cayuco al cine

Llegó en patera en 2006 a Tenerife con 17 años. Pasó por un centro y vivió en la calle. Ahora es actor y activista contra la corrupción del Gobierno senegalés, que lo tiene en su lista negra

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Europa está a la vuelta de cuatro horas en avión o de nueve días en cayuco. Es la esquina del sueño que muchos persiguen desde Senegal, Mali, Gambia o Mauritania. Pero el sueño choca con las fauces profundas del Atlántico. Todos lo saben y aun así siguen buscando su oportunidad. Thiambou Samb lo hizo cuando tenía 17 años. Subió a un cayuco desde Casamance (Senegal) con otras 137 personas y, tras nueve días de penurias, llegó a Tenerife. Era 2006, el año de la crisis de los cayucos, cuando alcanzaron las costas canarias 31.678 migrantes, una cifra a punto de superarse que a Thiambou le desespera.

«Los senegaleses han perdido la esperanza de que algo cambie. Los que quieren ese cambio saben que pueden acabar muertos o en la cárcel. Quedarse allí es igual a morir y muchos piensan que es mejor morir en el mar intentando tener una vida mejor que morir sin dignidad». Habla en un tono pausado y un castellano perfecto, logrado a base de estudio y esfuerzo.

La inestabilidad política y social de su país se traduce en un goteo incesante de embarcaciones, en vidas tragadas por el mar que nadie cuenta y en una hostilidad creciente hacia el Gobierno de su país, al que acusan de encarcelar al líder de la oposición Ousmane Sonko para que no pueda presentarse a las elecciones de febrero.

Thiambou se crió en el pueblo pesquero de Kayar, al norte de Dakar, uno de los puntos de partida de los cayucos, donde sus habitantes sufren en primera persona el expolio de sus recursos por parte de los barcos de toda procedencia. «Teníamos un barco con motor, un negocio familiar, yo era el capitán de mis hermanos y pescaba desde los once años, pero de repente había poco que pescar. Veías cómo se lo llevaban todo los buques occidentales. Nuestro Gobierno firma acuerdos y vende nuestra dignidad. Por eso me fui. Pensaba, ¿qué pasará con mi vida, qué futuro le espera a mis hijos? Lo conseguí en el cuarto intento».

«Los senegaleses han perdido la esperanza de que algo cambie. Los que quieren ese cambio saben que pueden acabar muertos o en la cárcel. Quedarse allí es igual a morir y muchos piensan que es mejor morir en el mar intentando tener una vida mejor que morir sin dignidad». Habla en un tono pausado y un castellano perfecto, logrado a base de estudio y esfuerzo.

La inestabilidad política y social de su país se traduce en un goteo incesante de embarcaciones, en vidas tragadas por el mar que nadie cuenta y en una hostilidad creciente hacia el Gobierno de su país, al que acusan de encarcelar al líder de la oposición Ousmane Sonko para que no pueda presentarse a las elecciones de febrero.

Thiambou se crió en el pueblo pesquero de Kayar, al norte de Dakar, uno de los puntos de partida de los cayucos, donde sus habitantes sufren en primera persona el expolio de sus recursos por parte de los barcos de toda procedencia. «Teníamos un barco con motor, un negocio familiar, yo era el capitán de mis hermanos y pescaba desde los once años, pero de repente había poco que pescar. Veías cómo se lo llevaban todo los buques occidentales. Nuestro Gobierno firma acuerdos y vende nuestra dignidad. Por eso me fui. Pensaba, ¿qué pasará con mi vida, qué futuro le espera a mis hijos? Lo conseguí en el cuarto intento».

Thimbo, como es conocido, desprecia el discurso de la pena y el victimismo. Tiene muy claro de quién es la culpa y cuáles son las soluciones. Orilla con firmeza los detalles del viaje maldito y la indigencia en la que malvivió después. Pasó por un centro de internamiento y luego lo trasladaron a Valencia. Allí vivió tres meses debajo de un puente. Sobrevivió como vendedor callejero de pañuelos, cinturones y gafas de sol, el ‘top manta’ que llena estómagos y aleja el hambre a ratos. «Fueron tiempos difíciles», recuerda. «Solo tenía un primo».

Tardó nueve años en legalizar su situación. No tenía pasaporte y, cuando lo filiaron al llegar a Tenerife, escribieron mal su nombre: Thimbo, en lugar de Thiambou. Cuando finalmente logró su documentación senegalesa, el nombre no coincidía y lo acusaron de falsificación. A la odisea de la supervivencia se sumó la de los antecedentes.

El error del nombre

El sueño seguía en pie y tomó cuerpo de forma inesperada. La primera vez que llegó a la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) le preguntaron qué quería ser en la vida. «Yo era pescador, pero soñaba con ser actor. Mi madre hacía teatro en Senegal y me llevaba con ella desde que era un bebé». La ONG tenía un grupo de teatro oprimido y ahí arrancó la carrera de Thimbo, que decidió adoptar ese nombre artístico después de los quebraderos de cabeza que le había supuesto.

Su camino hacia el sueño no se parece al rutilante destello de Broadway. Empezó a estudiar interpretación en la prestigiosa Fundación Shakespeare mientras seguía vendiendo en las calles. Rodó cortometrajes y documentales hasta que hizo un casting para Netflix y ahí se le abrió la puerta grande. Ha participado en series y películas como ‘Antidisturbios’, ‘Servir y proteger’ o ‘El silencio del pantano’. Desde entonces no ha parado de trabajar. Ahora está en plena postproducción del documental ‘Los cayucos de Kayar’, que rodó en su pueblo; representando la obra de teatro ‘El sueño es vida’ y rematando un libro sobre su experiencia que pretende ser un aldabonazo. Es, además, un famoso youtuber y un incómodo activista para el Gobierno de Senegal, que le ha prohibido la entrada, pese a que su familia, incluidos su mujer y su hijo, vive allí.

«Los verdaderos mafiosos son nuestros Gobiernos corruptos que juegan con los de Occidente. Senegal ahora está haciendo lo mismo que hizo Marruecos abriendo la valla de Ceuta. No les importamos. Somos su mercancía. Dejan que la gente se vaya para que Europa les suelte dinero», acusa con rotundidad. «Están ocultando la gente que muere en el mar. El 9 de octubre salió un cayuco de mi pueblo con más de 80 personas. No se sabe nada de ellos. Otro partió de Casamance con 130 personas el día 2. Está desaparecido». Su objetivo dista mucho de motivar a candidatos al cayuco. «No estoy de acuerdo de que vengan en patera, pero quién soy para decirles que no lo hagan. Están persiguiendo su sueño». El último, su hermano mayor, que llegó a El Hierro hace unos días y ya está en Madrid. El sueño de Thimbo acaba en Kayar, su pueblo. Pero aún está muy lejano.

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