¿Cómo proteger tu corazón y tu cerebro este verano? Aquí 8 medidas que te ayudarán

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El daño acumulado por el calor extremo puede manifestarse incluso días después con trombosis, arritmias o un ictus.

MADRID.- Las olas de calor no sólo provocan cansancio o sensación de agobio. Las altas temperaturas obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro en cuestión de minutos. Los expertos recuerdan que una correcta hidratación, mantener el hogar fresco, revisar determinados medicamentos, y conocer las alertas sanitarias son algunas de las medidas más eficaces para proteger nuestra salud durante el verano.

Así, y para conocer el impacto de las altas temperaturas en nuestro corazón y en nuestro cerebro charlamos en Europa Press Salud Infosalus con la doctora María Villalonga Comas, especialista en Medicina Interna, y coordinadora del Observatorio de Cambio Climático de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI).

Nos explica que nuestro cuerpo tiene un termostato interno muy preciso que lo mantiene siempre en torno a los 37 grados centígrados; si bien cuando la temperatura ambiental sube de forma importante, ese termostato entra en «modo de emergencia» y ordena sudar para perder calor por evaporación, a la vez que dilata los vasos sanguíneos de la piel para disipar el calor sobrante. «Ambos mecanismos tienen un coste directo sobre el corazón», asegura.

Las olas de calor obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro.
El calor extremo puede afectar tanto al sistema cardiovascular como al cerebro. Foto: Rocío Ruz, Europa Press

«Para irrigar la piel dilatada, el corazón necesita bombear más volumen de sangre de la habitual. Al mismo tiempo, la sudoración provoca una pérdida progresiva de agua y de sales que espesa la sangre y dificulta el bombeo. La vasodilatación baja la presión arterial, lo que obliga al corazón a acelerar para compensar. El resultado es que el corazón trabaja constantemente como si estuviera realizando un esfuerzo físico moderado, aunque la persona esté en reposo», explica la experta.

Pero además, indica que, si el calor es muy intenso o se prolonga demasiado, el sistema puede saturarse y aparecen los síntomas de alarma: mareo, debilidad, confusión. «Si no se actúa a tiempo, la situación puede derivar en una emergencia grave», avisa.

Temperaturas más altas, mayor riesgo

¿Por qué las altas temperaturas pueden aumentar el riesgo de problemas cardiovasculares?, le preguntamos a esta portavoz de la SEMI. Señala que en una persona con el corazón sano, el organismo puede adaptarse al esfuerzo que exige el calor; pero en el caso de alguien con una cardiopatía previa —una insuficiencia cardíaca, una arritmia de base, una enfermedad coronaria— ese margen de reserva es mucho menor, y el calor puede ser el desencadenante de una descompensación grave.

Las olas de calor obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro.
El calor extremo puede desencadenar emergencias médicas en cuestión de minutos. Foto: María José López, Europa Press

«Los mecanismos son bien conocidos y documentados en la literatura internacional. La deshidratación espesa la sangre y favorece la formación de coágulos, con el consiguiente riesgo de trombosis. La pérdida de potasio y de sodio, a través del sudor, altera la actividad eléctrica del corazón y puede desencadenar arritmias. La vasodilatación periférica baja la presión arterial, con riesgo de síncopes en personas que toman antihipertensivos. Y en pacientes con insuficiencia cardíaca, la retención de líquidos en respuesta al calor puede descompensar un equilibrio muy frágil», detalla esta doctora.

De hecho, la doctora Villalongas pone en valor un estudio de ISGlobal publicado en 2024 en la revista Environmental Health Perspectives, que analizó más de 11 millones de ingresos hospitalarios en 48 provincias españolas a lo largo de 14 años, y que confirmó que el calor aumenta el riesgo de ingreso por patología cardiovascular, con el impacto más intenso en enfermedades tromboembólicas, fracaso renal, e infecciones graves. «Es hasta la fecha el análisis más completo disponible sobre el impacto del calor en la morbilidad hospitalaria en España», afirma.

Pero esta experta de la SEMI alerta que, además, la evidencia científica también muestra que muchos de estos eventos no se producen el día de mayor temperatura, sino en los días posteriores: «El proceso trombogénico iniciado por la deshidratación puede culminar una semana después de que el calor ha bajado, cuando la persona ya cree haber pasado el peligro».

Las olas de calor obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro.
El aumento de las temperaturas representa un desafío creciente para la salud pública. Foto: Jorge Armestar, Europa Press

Pero no queda ahí la alerta, porque subraya que un factor que amplifica todos estos riesgos, y que la mayoría de los pacientes desconoce, es que muchos medicamentos habituales —diuréticos, betabloqueantes, inhibidores del sistema renina-angiotensina, algunos antidiabéticos como los SGLT2, antidepresivos y antipsicóticos— interfieren con la termorregulación o aumentan la pérdida de líquidos.

Cuidado con nuestro cerebro

En cuanto al cerebro, la coordinadora del Observatorio de Cambio Climático de la Sociedad Española de Medicina Interna recuerda que éste uno de los órganos más sensibles a la temperatura corporal: «Su funcionamiento óptimo requiere mantenerse en un rango muy estrecho, y cualquier desviación lo nota enseguida. A partir de los 38-39 grados centígrados de temperatura corporal empiezan los primeros síntomas, como el mareo, sensación de cansancio desproporcionada, dificultad para pensar con claridad. Cuando la temperatura supera los 40 grados centígrados, estamos ante una emergencia médica: el golpe de calor, que puede causar daño neurológico irreversible en minutos».

Las olas de calor obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro.
Algunos efectos del calor pueden manifestarse días después de una ola intensa. Foto: Ricardo Rubio, Europa Press

En este sentido, esta especialista en medicina interna hace hincapié en que la señal de alarma que todos deberían conocer es la confusión mental, junto con la piel muy caliente y seca. «Esa combinación es un golpe de calor. Hay que llamar al 112 de inmediato, sin esperar a ver cómo evoluciona. Cada minuto sin tratamiento puede significar daño irreversible», advierte.

Más allá del golpe de calor inmediato, sostiene que el calor extremo aumenta también el riesgo de ictus isquémico: «La deshidratación aumenta la viscosidad sanguínea y concentra las plaquetas, potenciando su capacidad de formar trombos. La vasodilatación periférica puede reducir el flujo de sangre hacia el cerebro. El proceso puede iniciarse durante la ola y materializarse días después».

Pero es que, de nuevo, pone sobre la mesa las revisiones científicas más recientes al respecto, las cuales muestran de forma consistente un incremento del riesgo de ictus isquémico durante y tras las olas de calor: «El estudio de ISGlobal con datos de todo el territorio español confirma que las enfermedades del sistema nervioso aumentan un 6.5 por ciento en los días de temperaturas elevadas, un efecto que se observa incluso fuera de los episodios formalmente definidos como ola de calor».

Las olas de calor obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro.
Evitar las horas de mayor temperatura y mantener los espacios frescos pueden reducir el impacto del calor sobre la salud. Foto: Rocío Ruz, Europa Press

Reducir el impacto del calor en el corazón y el cerebro

Con todo ello, comentamos con María Villalonga Comas cuáles son los hábitos que ayudan a reducir el impacto del calor sobre el corazón y el cerebro, recordando que «las medidas que más vidas salvan son, al mismo tiempo, las más accesibles», y las agrupa en ocho puntos, de acuerdo con el Plan Nacional del Ministerio de Sanidad:

1. Hidratación activa: beber agua aunque no se tenga sed; un punto especialmente crítico en personas mayores, cuya sensación de sed está reducida aunque estén deshidratándose; la guía más sencilla que cualquier familia puede aplicar es el color de la orina (casi transparente o amarillo paja indica buena hidratación; amarillo oscuro es aviso de beber ya; marrón o naranja, hay que buscar atención médica).

2. Gestionar bien el hogar: bajar persianas y colocar toldos o elementos de sombra exterior durante las horas de sol, especialmente entre las 10 y las 18 horas; los toldos y voladizos exteriores son más eficaces que las persianas interiores porque evitan que el calor penetre en el cristal antes de entrar en la vivienda.

Las olas de calor obligan al corazón a trabajar más, aumentan el riesgo de infartos, de arritmias y de ictus, y pueden alterar el funcionamiento del cerebro.
Mantener el hogar fresco es fundamental para proteger el corazón y el cerebro. Foto: Europa Press

3. Ventilar, pero con una condición importante: únicamente cuando la temperatura exterior nocturna sea inferior a 25 grados centígrados; si la noche es tropical —temperatura exterior por encima de 25 grados centígrados—, abrir las ventanas introduce más calor del que hay dentro; en ese caso, mantener el hogar cerrado.

4. Aquí destaca que un dato sorprende para mucha gente: el ventilador no baja la temperatura del aire, sino que mueve aire caliente, de forma que sólo genera sensación de frescor mediante la evaporación del sudor sobre la piel.

«Cuando la temperatura ambiente supera los 35-37 grados centígrados, puede ser contraproducente para personas vulnerables porque el flujo de aire caliente añade calor al cuerpo. El objetivo es mantener el dormitorio por debajo de 26 grados centígrados durante la noche, ya que el calor nocturno impide la recuperación fisiológica del organismo», explica.

5. Revisar la medicación con el médico antes del verano: muchos fármacos habituales amplifican los efectos del calor, como los diuréticos, que aumentan la pérdida de líquidos y de sales; los betabloqueantes y otros antihipertensivos, que reducen la reserva cardiovascular; algunos antidiabéticos del grupo SGLT2 favorecen la deshidratación y la hipotensión; ciertos antidepresivos y antipsicóticos alteran la termorregulación cerebral; esta conversación hay que tenerla antes de que empiece el calor, no durante una ola e insistió nunca abandonar el uso de dicha medicación sin la conversación previa con el equipo medico tratante.

6. Usar el sistema de alertas: el Ministerio de Sanidad actualiza cada mañana el mapa de riesgo a través del sistema Meteosalud; la suscripción es gratuita y permite recibir un aviso por SMS o correo electrónico cuando sube el nivel de riesgo en la provincia o zona sanitaria; es una medida sencilla y de alto impacto preventivo.

7. Consultar también si el municipio dispone de refugios climáticos —bibliotecas, centros cívicos, instalaciones deportivas, mercados municipales— y localizar el más próximo antes de que llegue el calor. Si en casa la temperatura supera los 26 grados centígrados de noche de forma sostenida y no se dispone de aire acondicionado, acudir al refugio más cercano durante las horas centrales del día es la medida más eficaz al alcance de cualquier persona.

8. Y una recomendación que rara vez aparece en las guías: no bajar la guardia cuando termina la ola. Los primeros días de recuperación son también un periodo de vigilancia activa: es cuando el daño acumulado durante el calor puede manifestarse clínicamente.

Fuente: sinembargo

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