¿Qué comían cocodrilos, leones y cerdos del rancho de “Los Piña”? Pues gente, creen en Villa Azueta

Se trata de una fortaleza donde fuentes extraoficiales de la policía indican que ahí se ubicaba un importante centro de operaciones del grupo encabezado por los hermanos Alberto y Jacinto Rodríguez, los jefes de la organización “Los Piñas”, y se alza a unos cinco kilómetros de Tesechoacán.

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Villa Azueta, Veracruz.- Hasta hace algunos años la gente de Tesechoacan, en Veracruz, sabía que el miedo más grande por estos rumbos eran las crecientes del río del mismo nombre, uno de los más caudalosos del sureste mexicano, pues había que sacar las vacas del corral, llevarlas más lejos de los llanos que son cubiertos por la creciente; y de alzar las pertenencias del hogar en tapancos antes de que fueran arrastradas hasta el Golfo de México.

En este pueblo han dejado de temerle al poderoso caudal, ahora el terror lo representan los sicarios del grupo criminal Los Piñas, una célula del Cártel de Jalisco Nueva Generación, que en estos momentos es combatida por autoridades de Veracruz y Oaxaca.

Las miradas inquisitivas de los halcones del grupo delictivo Los Piñas asechan en cada esquina de Tesechoacan (6 mil700 habitantes), pues circulan en sus motos al pendiente de los movimientos sobre el camino que conduce al rancho Monte Rico, el cual fue ubicado esta semana por la Fuerza Civil (policía de la Secretaría de Seguridad Pública).

Es una fortaleza con un zoológico privado, dos gimnasios, taller mecánico, bodegas y varias casas dentro del mismo inmueble, entre las que destaca una en particular en al que presuntamente vivían las familias de los hermanos Alberto y Jacinto Rodríguez, los cabecillas del grupo criminal Los Piñas.

Fuentes extraoficiales de la policía indican que ahí se ubicaba un importante centro de operaciones, la joya de la corona, donde los delincuentes ordenaban sus operaciones para controlar los municipios de Playa Vicente, Azueta, Isla, Juan Rodríguez Clara, Otatitlán, Loma Bonita Sochiapan y parte de la cuenca del Papaloapan.

La edificación se erige a unos cinco kilómetros de Tesechoacan, a unos 250 kilómetros del puerto de Veracruz, y a la mismas distancia desde Coatzacoalcos.

Dos leones hambrientos van de un lado a otro a la espera de ser alimentados en la jaula de animales exóticos más importante del rancho Monte Rico, un cercado de cemento y malla reforzada los aíslan del resto del inmueble.

Macho y hembra rugen de vez en cuando aguardando el momento de hincar los colmillos en la carne, pero no hay quien les satisfaga, sus cuidadores o las personas que se encontraban en este lugar, han escapado del asedio policial.

En medio del rancho se observa una camioneta negra, con las 4 puertas abiertas. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente

En su interior se distinguen armas de fuego. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente
La fortaleza que era cuidada celosamente por sicarios y halcones. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente

La fortaleza que era cuidada celosamente por sicarios y halcones en Tesechoacan, ahora luce rodeada de elementos de la Fuerza Civil.

En medio del rancho se observa una camioneta negra, con las cuatro puertas abiertas, en cuyo interior se distinguen armas de fuego y drogas; al rededor, unas motocicletas abandonadas.

Una pareja de cerdos de Vietnam contonean sus muslos por cada rincón del inmueble en busca de comida o lodo para regodearse. Los perros no dejan de ladrar a la espera de sus propietarios o tratando de ahuyentar a los policías y reporteros a quienes perciben como intrusos.

En un estanque, al fondo del inmueble, deja ver un par de ojos reptilianos. Son cocodrilos que también demandan su comida, y es sobre estos animales salvajes donde los colectivos de búsquedas de personas desaparecidas han centrado su atención de entre todo lo que resalta en Monte Rico.

Belén González Medrano, del colectivo del mismo nombre, dijo que aunque resulte “aterrador” y “doloroso” decirlo, “habría que ver cómo alimentaban esos animales, no sabemos que se pudo haber hecho con todas las personas que pudieron haber tenido ahí”.

González Medrano, quien busca a su hijo Vicente Jiménez González, desaparecido en 2015 en Coatzacoalcos, está segura que el Gobierno les dará participación al momento de catear el sitio, para supervisar las labores de dragado del estanque de cocodrilos.

“Es importante que se haga un trabajo bien detallado para buscar si hay restos en el estanque”, contó.

Belén González dijo que aunque resulte “aterrador” y “doloroso”, “habría que ver cómo alimentaban esos animales”. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente
Otro capo de Playa Vicente, Marcelo Arroniz, gozaba de fama de poseer un rancho rodeado de un estanque de cocodrilos que eran cebados con sus rivales. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente

Si se organiza esta búsqueda, sería algo fuera de serie, equiparable a la emprendida hace ya más de dos años por las madres que buscan restos humanos en el lecho de pozos abandonados en la región central de Veracruz; ahí, Madres Luna, que representa Marcela Zurita Rosas, ha logrado el rescate de unos 11 cadáveres en municipios de Omealca y Córdoba, que antes fueron santuario de Los Zetas y ahora son del Cártel de Jalisco.

En las cantinas y centros de reunión en estos pueblos olvidados cuentan que, en sus tiempos, el viejo capo del Cártel del Golfo que en ese entonces era el señor de estos rumbos, Marcelo Arroniz Serrano, Chelyn Arroniz, también poseía un rancho en Playa Vicente con un estanque de cocodrilos que supuestamente eran cebados con la carne de sus rivales.

Arroniz Serrano resultó asesinado en 2005 en playa Vicente en el contexto del reacomodo de las estructuras criminales que buscaban defender sus territorios de la irrupción del temible Cártel de Los Zetas, en el sexenio de Fidel Herrera Beltrán.

se desconoce si en el lugar hay indicios de fosas clandestinas. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente
Sus cuidadores o las personas que se encontraban en este lugar, han escapado del asedio policial. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente

El ajuste habría sido atribuido a otro importante operador de la droga en la región, José Martín Navarrete Salomón, alias “Cheto”, quien representaba a un grupo del Cártel de Sinaloa.

En medio de la disputa de los cárteles a nivel nacional, y los pactos bajo la mesa con el Gobierno de Felipe Calderón para sostener la llamada guerra contra el narco, Sinaloa y el Cártel del Golfo muestran una tregua para enfrentar a Los Zetas; pero en Playa Vicente, alias “Cheto”, sostenía diferencias muy notables con Leonardo Hernández, “el Brujo” de Playa Vicente, otro notable personaje que se quería alzar con el control de la región, donde es habitual el cultivo de mariguana y el tráfico de armas y ganado robado.

Pero los máximos jefes de los cárteles querían la paz, y en junio de 2007, alias “Cheto” fue llamado a la Ciudad de México.

Al bajarse de un taxi fue privado de la libertad su restos y el de otra persona originaria de Veracruz aparecieron encobijados en la carretera México-Cuernavaca.

Desde entonces, por más de una década, alias “El Brujo” se alzó como el amo y señor de las rutas en esos rumbos, y a diferencia de los capos que iniciaban a bala y sangre, es recordado por el respeto a la población civil y por mantener los territorios en paz.

Los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública confirman esas versiones, entre 2007 y abril del 2018 Playa Vicente muestra un bajísimo número de homicidios, secuestros y desapariciones.

Es en abril del 2018, en un palenque, durante una pelea de gallos, que alias “El Brujo” fue asesinado por pistoleros que lo cogieron por sorpresa. En Playa Vicente cuentan que uno de los implicados en ese homicidio, resultó ser Reinaldo Patiño, alias “Pelón” de Abasolo del Valle, lugar teniente de Los Piñas, quien fuera abatido por la Fuerza Civil en el rancho conocido como El Serrano, el cual se encuentra dentro de las rutas que llevan a Monte Rico.

A la caída de “El Brujo de Playa”, se da el ascenso descomunal de los hermanos Alberto y Jacinto Rodríguez, que según datos de inteligencia de las autoridades que los investigan para encontrarles, comenzaron como huachicoleros, succionando el ducto que sale de la refinería de Lázaro Cárdenas, en Minatitlán, y lleva hidrocarburos al altiplano a lo largo de municipios del sur de Veracruz que actualmente registran los niveles más altos de homicidio doloso, desapariciones y secuestros.

Tan solo en enero del 2020, 11 persona desaparecieron en Playa Vicente: Jorge Luis Mariano Marcial, Teofilas Salas Cardoza, Jaime Velasco Ojeda, Galdino Carrillo Ojeda, Florentino Castillo Carrillo, Javier Aguilar Lopez, Genaro Antonio Manzano, Vicente Bautista Martínez, Araceli Bernal Sánchez, Nabor Antonio Manzano, Jorge Arciga Jacinto; y en diciembre, el pueblo de Benito Juárez, colindante con Playa y Azueta, autodefensas anuncian acciones contra el acoso del grupo criminal Los Piñas.

Este camino de sangre y desapariciones condujo al Monte Rico. En este punto de los Llanos del Sotavento, el terror no puede ser descrito sin dejar mirar la arquitectura del imponente rancho.

Varios edificios dentro de la propiedad, cuya entrada es circundada por docenas de frondosos robles, y un camino de tierra que fue la puerta al infierno de docenas de víctimas que ya no regresaron a casa.

Hasta ahora, se desconoce si en el lugar hay indicios de fosas clandestinas. Quienes saben de este sitio, y los que han sobreviviendo a él, lo ubican como un centro de tortura y violaciones a mujeres que también eran traídas para diversión de los sicarios.

Dentro del predio, se alza una pieza en especial que deja ver una cuartería en la que se observan colchones, restos de alimentos y ropa sucia.

En la misma, uno de los dos gimnasios privados en Monte Rico. Los aparatos se miran nuevos, incluso, sofisticados.

A un costado de ese espacio deportivo, una avestruz deambula agitando las alas y lanzando picotazos, y tres venados observan detenidamente los hatos de ganado que caminan en busca de pastura fresca.

Desde este rancho el grupo criminal que mantiene asolado a Playa Vicente. Fotos: Ignacio Carvajal, Blog Expediente.

Monte Rico colinda con la carretera a Chacaltianguis y una brecha que conduce a Loma Bonita, otro paso a Tesechoacan y docenas de hectáreas de caña de azúcar que se alzan a lo largo de kilómetros entre las brechas y carretera estatales que comunican a los municipios del Cuenca del Papaloapan y los Llanos del Sotavento. Si se transitan esas zonas, es más fácil encontrarse un comando armado que un poblado, y cuando se encuentra, los nativos corren a esconderse o rápidamente sacan el celular para textear.

En el centro de Monte Rico, a lado de la pieza principal, se yergue una antena de telecomunicaciones, “así como esta alcanza unos 60 kilómetros a la redonda, pero si le pones repetidora, puede abarcar medio estado”, dice uno de los oficiales encargados del resguardo, y con conocimiento en telecomunicaciones.

Desde acá, según las primeras pesquisas, el grupo criminal que mantiene asolado a Playa Vicente y todos los llanos del Sotavento, se ejercía el control sobre policías municipales. También resultó punto primordial para orquestar una violenta protesta contra la Fuerza Civil, en una base de la Policía Federal, en el municipio de Isla, el 12 de febrero.

Luego de que se dio esa manifestación, donde la demanda principal de los inconformes era la salida de la Fuerza Civil y de la Guardia Nacional (según informes de las autoridades de Veracruz, la protesta habría sido orquestada por la delincuencia organizada) no han dejado de aparecer fosas clandestinas, enfrentamientos con maleantes y policías y ahora el decomiso de estos predios de la muerte en donde hay indicios de operaciones ilícitas. Durante su asistencia a la Mesa por la Construcción de la Paz, en Playa Vicente, el Gobernador Cuitláhuac García Jiménez afirmó que la operación de la Fuerza Civil y la Guardia Nacional se iba a mantener, y habría investigaciones a fondo por el Monte Rico, así como por las fosas clandestinas del rancho San Ángel y el predio de la Asociación Ganadera de Playa, los dos propiedad del connotado ganadero Humberto Andrade Ahuja (“Taralila”), y de su hijo, Humberto Andrade Salim, (“Cacahuate”).

En declaraciones a la prensa, el ganadero Humberto Andrade Ahuja a la sazón del cateo de su rancho San Ángel, en Playa, afirmó que no sabía que pasaba en su propiedad, que por las noches, como no contaba con ranchero, las parejitas aprovechaban para meterse a “novia” (tener sexo), pero hasta ahí, y que desconocía por completo como es que en su propiedad habían encontrado más de 60 puntos clandestinos con posibles fosas.

Fuente: SinEmbargo

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