En septiembre de 1960, mientras Fidel Castro caminaba impaciente por una habitación del Hotel Shelburne de Nueva York, un joven diplomático cubano recordó una propuesta que podía cambiar aquella visita. El hotel acababa de exigir a la delegación un depósito de 20,000 dólares. Fidel decidió marcharse. Si era necesario, dormirían en tiendas de campaña en los jardines de las Naciones Unidas.
Entonces, Raúl Roa Kourí habló con su padre. Días antes, Bob Taber, el periodista que había entrevistado a Fidel en la Sierra Maestra en plena insurrección, le había transmitido una propuesta de Malcolm X: alojar a la delegación de la isla en el Hotel Theresa, en Harlem.
–Díselo a Fidel –le aconsejó el canciller.
–¿En el Harlem negro? –preguntó, encantado, el líder cubano.
Roa Kourí buscó a Malcolm X y telefoneó a su padre:
–Tenemos dos pisos. Pueden venir.
Fidel fue recibido en Harlem por una multitud humilde y, en el Hotel Theresa, se reunió con Malcolm X. El intento de humillar a Cuba se convirtió en un episodio emblemático de la diplomacia revolucionaria, que todavía hoy se recuerda en ese barrio de Nueva York. Pocos conocen que en el centro de esa historia estuvo un joven de 24 años a quien todos llamaban Raulito, por ser hijo de Raúl Roa García, el Canciller de la Dignidad.
El diminutivo expresaba cariño, pero también el peso que lo acompañó desde la infancia. Adoraba a su padre. Hablaba de él con orgullo y ternura: no solo del canciller de verbo incendiario que estremecía la OEA, sino también del hombre flaco, humorista, lector de las aventuras de Salgari y delicado ante el dolor ajeno. De niño, preguntó a su madre cómo una mujer tan hermosa había podido casarse con un hombre tan feo. La doctora Ada Kourí, cardióloga eminente, contestó al niño que Roa había tenido el cabello largo y romántico y que bastaba escucharlo hablar para encontrarlo irresistible.
Llevar aquellos apellidos no era sencillo. En la escuela era el hijo de Roa; en la universidad, el hijo del antiguo decano; en la diplomacia, el hijo del ministro. Él mismo lo dijo: “Yo soy algo más que el hijo del Canciller de la Dignidad. Yo soy yo”. No renegaba del apellido: reclamaba el derecho a merecerlo por su propia obra. Y lo consiguió. Representó a Cuba ante las Naciones Unidas y la Unesco, fue viceministro de Relaciones Exteriores, cumplió misiones en numerosos países y dejó libros y crónicas atravesados por la memoria, la cultura y la cubanía.
Conocí a Raúl en la casa de Lilian Lechuga, madre de su esposa, Lillian. Lo entrevisté y lo quise por su inteligencia sin alardes, su conversación deliciosa y su manera única de enlazar la gran historia con los detalles íntimos. Podía hablar de política internacional y, poco después, contar un chiste, recordar una canción o reconstruir una escena familiar en el santuario de un hogar presidido por el imponente retrato de Raúl Roa García que hiciera uno de los iniciadores de la vanguardia en la pintura cubana, Víctor Manuel.
Amaba a Bach, Mozart y Vivaldi, pero también la trova, el mambo y el danzón. Había conocido al Che durante el exilio en México, en 1955, antes de que el argentino se enrolara en la expedición del Granma, y recordaba, divertido, que años después Guevara le preguntó cómo era posible que hubiese llegado a embajador sin saber nada de nada. La larga sombra del Che pesaba cuando le preguntaban qué le habría gustado hacer y no pudo: “No estuve en la Sierra”.
El 9 de julio de 2026 cumplió 90 años. Silvio Rodríguez le dedicó “Rechazos”, un poema contra aquello que divide y degrada al ser humano: “Rechazo todo lo que nos separa”, dice el primer verso. Leído después de su muerte, parece contener algo esencial de Raúl. Vivió estableciendo vínculos: entre generaciones, diplomacia y cultura, memoria familiar e historia nacional, Cuba y el mundo. Murió en La Habana el 12 de julio, apenas tres días después.
Prestigió los apellidos que llevaba. Le decían Raulito, y así seguirán llamándolo quienes tuvieron el privilegio de escucharlo. Pero tenía nombre propio. Fue Raúl Roa Kourí: el joven que enlazó a Malcolm X con Fidel, el diplomático, el hijo devoto, el padre de María Carla, Patricia y Mariela, el abuelo, el esposo de Lilita, el testigo de una época irrepetible y el habanero enamorado de su ciudad.
Tal vez aquella llamada desde Harlem siga siendo una buena manera de recordarlo:
–Tenemos dos pisos. Pueden venir.
En su memoria también hay espacio. Allí caben el viejo Roa, Ada, Fidel, el Che, Silvio, La Habana, Harlem y Cuba entera.
Fuente: La Jornada








