No hagamos de la democracia una simulación

Comenzaron oficialmente las precampañas del proceso electoral más grande en la historia de México, el cual tiene diversos factores en juego, más allá de los puestos de elección popular.

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Hay quien sostiene que la historia se repite y que como humanidad nos volvemos a enredar en los mismos problemas sin resolverlos. Lo anterior no es preciso pero pareciera.

Hoy inician formalmente las precampañas federales aunque estas realmente hayan comenzado hace meses. Una vez más el activismo político se impuso a las reglas que buscan que este se conduzca bajo principios civilizados-democráticos-legales.

Hoy también se conmemora el 113 aniversario de la Revolución mexicana, gesta que tiene como origen la lucha contra una dictadura que hizo de las elecciones una fachada para perpetuarse.

Las elecciones legitiman a un gobierno ya que la voluntad mayoritaria le da soporte, eso lo tenían claro Porfirio Díaz, así como los sucesivos gobiernos priistas de la Revolución institucionalizada. De manera tal que, aún contando con la fuerza para perpetuarse sin más en el poder, no dejaron de asistir regularmente a las urnas, en los tiempos previstos para ello, aunque esto fuera un acto de simulación democrática.

Pero la simulación tiene límites, y proceso tras proceso fue quedando claro que las reglas de acceso al gobierno y a la representación ciudadana tenían una vía paralela a las urnas: la venia del dictador y la pertenencia al partido dominante, de tal forma que antes de la jornada electoral el resultado estaba decidido.

Conocemos en qué concluyeron esas etapas de nuestra historia, en un caso con una revolución que hizo de las armas el recurso y en el otro con reformas político electorales después de años de exclusión y represión a las voces disidentes.

Ha sido muy largo el proceso de democratización que nos ha traído hasta acá. Si tomamos en cuenta al menos 1977 como un punto de inflexión, las estructuras autoritarias opusieron fuerte resistencia, sin duda las personas y los grupos, pero sobre todo había que vencer prácticas antidemocráticas arraigadas en la cultura de nuestra sociedad.

Fueron décadas de sucesivas reformas -marcadas de fraudes electorales, momentos de regresión, represión y demás- en pos de un ejercicio democrático libre y auténtico como está plasmado en la Constitución.

El ejercicio del poder embriaga y puede llevar a quien lo ejerce a querer perpetuarse e ir más allá de sus atribuciones. Hay quien llegó al amparo de la democracia y desconfía de ella ya que las elecciones libres suponen un riesgo, que la voluntad mayoritaria no se manifieste en el sentido que el gobernante o el grupo gobernante en turno lo desee.

Justo las sucesivas reformas buscaron blindar a la sociedad mexicana del abuso del poder por encima de la voluntad ciudadana. No se trató de algo menor, pasar de las facultades metaconstitucionales del Presidente, como bien lo señaló Jorge Carpizo, a reglas de carácter y aplicación general no ha sido fácil ni terso. Además hubo que reformar instituciones y crear otras para aplicar y hacer respetar la legalidad, el camino ha estado lleno de imperfecciones y de lamentables abusos a la confianza ciudadana.

Y ahora todo ese andamiaje que ha costado sangre, sudor y no pocas lágrimas se está poniendo en duda y con ello nuestras aspiraciones democráticas. No se trata de utopías, lo que está en juego es la posibilidad de que la convivencia incluyente, la tolerancia y el diálogo entre los distintos sea sustento de la estabilidad política y social, y no la imposición autoritaria y excluyente, de ahí venimos, con las consecuencias traumáticas registradas en nuestra historia.

Que eso no suceda tiene que ver con muchos factores: el gobierno en turno, las oposiciones y sin duda la ciudadanía. La letra por sí sola es inoperante, hay que hacer cumplir las reglas pactadas.

Las normas establecidas, si bien revisables, son las que son y deben respetarse para que los actores políticos y la ciudadanía tengamos la certeza de cómo proceder y que el resultado sea la conclusión de una ruta predeterminada, replicable y confiable, de eso se tratan los procedimientos electorales.

Además, los actuales preceptos legales, si bien churriguerescos como lo he sostenido en anteriores ocasiones, ponen al frente además de certeza, principios democráticos fundamentales como equidad en la contienda, arbitraje electoral justo y expedito, y pretenden impedir la coacción y compra del voto.

Como decíamos, hoy inicia el período de precampañas federales (algunos estados ya iniciaron el propio y otros lo harán en los próximos días y semanas, eso depende de la legislación de cada entidad), en el que la ley dispone que los partidos políticos definen sus candidaturas, sin embargo, eso ya no fue así, a estas alturas ya conocemos las principales postulaciones. Se rompió el orden legal y constitucional, ese que ha llevado décadas construir.

No iniciamos bien el proceso que llevará a la renovación de más de 20 mil cargos públicos y que, no exagero, marcará el destino de nuestro sistema de convivencia. Queda esperar y exigir que lo que está por delante se reconduzca acorde a las reglas, ya que eso es lo que dará legitimidad al resultado y puede renovar nuestra confianza en que vale la pena el ejercicio democrático.

No hagamos de las elecciones una simulación, no hagamos que la historia se repita, las consecuencias pueden ser muy graves.

Parafraseando a José Woldenberg diríamos que los avances democráticos se miden en micras y llevan décadas, los retrocesos ocurren en segundos pero implican kilómetros.

POSDATA: Triste el panorama de quienes pretenden gobernarnos. Unos cierran filas a cambio de posiciones en el más puro pragmatismo en torno a un líder, y otros no acaban de entender qué es lo que está en juego y la responsabilidad que tienen en ello.

Fuente: elfinanciero

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