Jesús Rogero, sociólogo: «Con los niños ha existido un claro exceso de celo durante el confinamiento»

El profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid explica el papel de la infancia y las familias durante la pandemia

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1. Hablemos de infancia. Pero lo primero, vamos a aclarar que cuando hablamos de infancia, ¿de quiénes hablamos?

Cuando hablamos de infancia nos referimos a una edad cronológica. Asumimos que todas las personas en esa etapa vital comparten las mismas características, porque ello sirve para atribuirles menos derechos y responsabilidades, es decir, una ciudadanía incompleta.

Sobreentendemos que hasta los 16 o 18 años las personas son menos responsables y menos capaces que a partir de esa edad. Pero en realidad la infancia es muy heterogénea según edad, origen social, etc. Por ejemplo, hay diferencias evidentes entre un niño de 5 años y un adolescente de 14, pero para muchas cosas les metemos en el mismo saco. Este consenso social es positivo en el sentido en que sirve para proteger a una parte de la población que es más frágil, pero tiene sus peligros.

2. ¿Cuál ha sido el papel de la infancia durante el confinamiento?

La infancia ha tenido un papel similar al que tenía antes: un papel completamente subordinado a las decisiones de los adultos. Los niños y niñas se han visto obligados a confinarse y a realizar su actividad principal, el estudio y el juego, en su propia casa. En ese sentido, les ha pasado lo mismo que a muchos adultos. Sin embargo, mientras los adultos podíamos salir a hacer algunas actividades como comprar, con los niños ha existido un claro exceso de celo. Probablemente, esto se debe a que a los prejuicios habituales hacia la infancia se ha sumado que, durante un tiempo, cuajó la idea de que los niños y niñas eran supercontagiadores del virus, algo que se ha demostrado falso.

3. ¿Cuál ha sido el papel de la infancia para las autoridades y demás responsables durante el confinamiento? Hay quienes aseguran que se han olvidado de ellos y de sus necesidades.

En el caso de la infancia, debemos hablar en plural. No hay una infancia, sino muchas. No es comparable la situación de niños en hogares amplios y con padres disponibles para cuidarles, con la situación de quienes viven en hogares con poco espacio, con incertidumbre laboral, con recursos económicos escasos, que tienen padres que han seguido trabajando o con familiares afectados por problemas graves de desempleo y de salud. Y a veces con varias de estas circunstancias a la vez. Aunque era complicado adaptar las normas de confinamiento a estas realidades, habría sido deseable hacerlo. Por ejemplo, ha sido absolutamente irresponsable alimentar con comida basura a la infancia más vulnerable de Madrid cuando había alternativas más saludables y, probablemente, más baratas. Esto refleja un profundo desprecio a la infancia y quienes tienen menos dinero. En nuevos confinamientos debemos evitar este tipo de actuaciones, y estar preparados para detectar y atender mejor a las familias con más necesidades.

4. ¿Está la infancia presente en la desescalada hacia la nueva normalidad? ¿Por qué?

Creo que sí está presente, con matices. La mayoría de normas son aplicables a la totalidad de la población, incluyendo la infancia. Otra cosa es que haya excepciones preocupantes. Por ejemplo, la no apertura de los parques de juegos me ha resultado incomprensible cuando los adultos estábamos ocupando ya prácticamente todos los espacios públicos. Ahí sí se detecta de nuevo ese prejuicio hacia los niños y niñas como personas menos responsables y más irracionales.«Ha sido absolutamente irresponsable alimentar con comida basura a la infancia más vulnerable de Madrid. Esto refleja un profundo desprecio a la infancia y quienes tienen menos dinero»

5. ¿Qué aporta la infancia a la sociedad? ¿Son invisibles porque no aportan nada a la recuperación económica del país y por eso se vulneran sus derechos?

Es cierto que a veces se escucha eso de que la infancia no aporta económicamente, pero es radicalmente falso. No hay más que pensar en los millones de empleos de ocio, cuidado y educación que generan los niños y niñas, o en el consumo de productos y servicios ligados a ellos: juguetes, ropa, deporte, cultura, etc. Son un indiscutible generador de riqueza económica.

Respecto a su presencia social, la infancia más invisible es aquella que sufre problemas como la pobreza, la exclusión social, la violencia familiar, etc. Y en España es una proporción importante. No obstante, es curioso que hayamos descubierto la discriminación contra los niños en el momento de la historia en que, probablemente, están menos discriminados, al menos en la mayoría de países occidentales. Afortunadamente, hoy hay un mayor reconocimiento de determinados derechos de la infancia.

El reverso es que, al mismo tiempo, es posible que el control social sobre los niños y niñas sea mayor que nunca, a través de la familia y de la escuela. En muchos casos, el confinamiento ha exacerbado ese control. Pensemos en los millones de adolescentes metidos en casa tres meses sin poder pasar un rato tranquilos con sus amigos, sin sus padres. De hecho, creo que uno de los efectos más perniciosos del confinamiento ha sido la falta de socialización con los iguales, algo fundamental para el bienestar y para el desarrollo emocional, afectivo y social.

6. ¿Existe la «niñofobia»? Hay quienes consideran que las medidas llevadas a cabo durante la pandemia son adultocéntricas.

No me gusta la palabra «niñofobia», aunque sí debemos hablar de discriminación. En este sentido, las medidas han sido tan adultocéntricas como lo eran antes. Hay muchos ejemplos. Uno es que en la comunidad más rica de España como es Madrid, el gasto por estudiante sea el menor de todo el país, insuficiente para que muchos niños logren una educación de calidad. Otro es que el sistema educativo permita que la infancia vulnerable se concentre en colegios-gueto, privándoles de un contexto social adecuado para su desarrollo. Otro que se desahucie a una familia con niños. Y podemos seguir. Pero ojo: la discriminación se produce cuando se es niño, pero sobre todo cuando se es pobre. Y claro, cuando llega una pandemia mundial sin previo aviso, las discriminaciones y las desigualdades pre-existentes se agravan. De todas maneras, la discriminación por motivos de edad no afecta solo a los niños. Nuestra sociedad discrimina de forma sistemática a los más frágiles. Ahí está el caso de las personas mayores que viven en residencias. Durante la crisis sanitaria han sufrido una discriminación brutal en términos de salud.

7. Los niños no votan, no producen, no consumen. ¿Esa es la razón por la que hayamos podido juntarnos en las terrazas de los bares o ir a discotecas mientras los parques infantiles han permanecido cerrados? Las familias, de hecho, protestan por ello. Parece que el coronavirus solo está en los toboganes.

Lo que voy a decir a continuación es una sensación. Creo que la valoración social de la infancia es menor en España que en otros países, aunque quiero pensar que vamos a mejor. En otros países, como algunos del norte de Europa, los niños y niñas constituyen lo más valioso de la sociedad. Son un tesoro nacional. Hay una conciencia de que la infancia es una prioridad no solo social, sino también económica. Por eso allí los empleos y los horarios están más adaptados a los ritmos familiares. Y por eso se destinan muchos más recursos públicos a cuidado y educación. También existe la conciencia de que estos recursos son una inversión tanto económica, como en cohesión social y justicia social, pues fomentan la igualdad de oportunidades. En España tenemos mucho camino por recorrer en este sentido.«La discriminación por motivos de edad no afecta solo a los niños. Nuestra sociedad discrimina de forma sistemática a los más frágiles. Ahí está el caso de las personas mayores que viven en residencias»

8. Otra cuestión por la que padres y madres protestan es porque mientras se piensa en abrir las discotecas o vuelve a la normalidad La Liga, no se sabe qué va a pasar con los colegios. ¿Es la educación tan poco importante? Existe la sensación generalizada de «yo no entiendo nada»

La explicación a lo que ha pasado con la educación es múltiple. Por un lado, el cuidado de la infancia es una actividad muy invisibilizada, al menos en términos económicos. Los horarios laborales son cada vez más flexibles y precarios, y la función de custodia que realiza la escuela es crucial para las familias. Cuando llegó la pandemia, el sistema educativo presencial desapareció por primera vez en nuestras vidas, y con él su papel de custodia de la infancia. Y al mismo tiempo desapareció también la ayuda de las abuelas y abuelos, que en España es muy importante. Entonces, esa atención que antes cubrían múltiples agentes se traspasó en exclusiva a los hogares. Los hogares, esa caja negra que parece que todo lo absorbe y todo lo resuelve. Pero no es así. Los efectos de esa sobrecarga para las familias pueden haber sido dramáticos en términos emocionales y educativos, especialmente en aquellas familias con mayores problemas económicos, de tiempo disponible y de salud.

En la respuesta educativa a la pandemia también es determinante que servicios públicos esenciales, como son las escuelas infantiles y la educación pública, llevan décadas siendo deteriorados y maltratados, particularmente en algunas regiones. Por ejemplo, durante los últimos años se ha recortado mucho en infraestructuras educativas y hoy muchas de ellas están obsoletas y son insuficientes. También se ha recortado muchísimo en personal docente. Ese contexto dificulta mucho poder adaptarnos y reaccionar adecuadamente ante una crisis sin precedentes como la actual.

Sobre la educación, algo que me llamó mucho la atención fue la falta de debate cuando se suspendieron las clases. Hubo un acuerdo tácito de los responsables políticos por el que los hogares podían asumir la función de la escuela de un día para otro. El sistema siguió avanzando impartiendo contenidos, con toda la presión que eso significó para las familias. Esto se ha demostrado perjudicial para muchos niños y niñas. No comprendo por qué cuando se suspendieron las clases no se planteó parar el sistema y retomarlo cuando nos hubiéramos organizado bien. No entiendo por qué, como sociedad, no nos tomamos el tiempo que requería la situación para reflexionar colectivamente. A mi juicio, esto refleja una sociedad acelerada e irreflexiva, que no es capaz de readaptarse a la realidad que nos toca vivir. El objetivo tenía que haber sido continuar, pero solo cuando nos aseguráramos que nadie se vería perjudicado por ello.«Algo que me llamó mucho la atención fue la falta de debate cuando se suspendieron las clases. Somos una sociedad acelerada e irreflexiva, que no es capaz de readaptarse a la realidad que nos toca vivir»

9. ¿Cuál es el papel que deberían tener en nuestra sociedad la infancia y las familias?

Como sociedad, deberíamos recalibrar la consideración social de la infancia, del cuidado y de la educación. Esto debería traducirse en profundos cambios en el sistema productivo y en las políticas públicas. Dicho esto, ahora no es posible resetear el sistema y empezar de cero. Los mimbres sobre los que está construida nuestra sociedad son los que eran antes, incluso más mermados ahora por una gran crisis económica. En ese sentido, medidas como el ingreso mínimo vital van en la buena dirección para proteger a las familias más vulnerables, pero hay que avanzar más. El segundo paso es que se apruebe una nueva ley de educación que haga llegar más recursos educativos a quienes más los necesitan, y que consiga eliminar la discriminación y la segregación por cualquier motivo. Sin duda, queda mucho por hacer y se necesita el concurso de toda la sociedad.

Fuente: ABC

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