Las mujeres ganaron derechos, pero siguen cargando con los cuidados. Olga González revela cómo el cansancio y la falta de tiempo debilitan sus redes de amistad.
Ciudad de México, 30 de octubre (SinEmbargo).– Las mujeres conquistaron derechos, ingresaron al mercado laboral, ganaron independencia económica y ocuparon espacios que durante generaciones les estuvieron negados. Sin embargo, esas conquistas no estuvieron acompañadas de una transformación equivalente en la distribución del trabajo doméstico y de cuidados. El resultado es una generación de mujeres que intenta cumplir simultáneamente con las exigencias profesionales, familiares y sociales, mientras sacrifica la amistad, una de las relaciones más importantes para su bienestar.
Eso plantea la psicóloga Olga González Domínguez en Tribanas (Grijalbo), un texto en el que escudriña en esta contradicción que ha provocado una forma de aislamiento que no necesariamente se explica por la ausencia de personas alrededor, sino por el agotamiento, la autoexigencia y la falta de tiempo para construir vínculos profundos.
«Nosotras ganamos derechos, conquistamos espacios con mucho esfuerzo, muy necesarios y con mucho sacrificio como mujeres a través de todos los movimientos. Pero resulta que el sistema no se transformó con nosotros y en ese momento ganamos espacios, pero también nos quedamos con las cargas de los espacios anteriores. El sistema de cuidados y la manera como dividimos las cargas quedó añadido a nuestras actividades. Ahora somos profesionistas, tenemos la oportunidad de desarrollarnos, de trabajar, de aportar económicamente a nuestros hogares, pero al mismo tiempo que formamos una familia, cuidamos hijos, cuidamos padres, cuidamos a las personas a nuestro alrededor», explicó.

González Domínguez refirió que esta acumulación de responsabilidades ha dado lugar a lo que se conoce como pobreza de tiempo, una condición que no distingue necesariamente entre mujeres de diferentes niveles económicos. El trabajo remunerado, las tareas domésticas, la crianza y el cuidado de familiares terminan desplazando actividades esenciales para el descanso y la convivencia. La amistad, en ese contexto, se convierte en algo que parece reservado para quienes pueden permitírselo.
«Esto fue llevándonos a un fenómeno que es la pobreza de tiempo, que es un tipo de pobreza que atraviesa incluso a las mujeres prósperas. Entonces, cuando comenzamos nosotros a trabajar estos como privilegios, la amistad se ha convertido en uno de ellos. El ocio, el tiempo de contemplación, el pasar tiempo con las amigas, el tejer la tribu o vincularnos ha quedado relegado al ‘no tengo tiempo’, ‘no tengo espacio’ y ‘no tengo energía’ también», sostuvo.
A esta sobrecarga se suma, de acuerdo con la autora, un modelo de éxito femenino promovido constantemente en las redes sociales, donde las mujeres aparecen como profesionistas ejemplares, madres dedicadas, parejas amorosas y personas físicamente impecables, capaces de cumplir con todas sus responsabilidades “sin mostrar cansancio”.
«Las redes sociales han glorificado el modelo de la mujer que se levanta a las 4:30, que entrena, que aunque tenga dos o tres hijos hace 500 cosas con la panza embarazada en un tacón de 12 cm, sin despeinarse y sin quejarse, y amando ser mamá profesionista y amando todo, absolutamente todo, y sin quejarse. Y eso nos deja a nosotras como espectadoras con una carga de decir: ‘¿Y por qué yo estoy agotada? ¿Y por qué yo no puedo más?'», cuestionó
La soledad que nace del agotamiento
Uno de los planteamientos centrales de Tribanas es que la soledad contemporánea no siempre significa estar físicamente aislado. Existen mujeres rodeadas de familiares, parejas, hijos y compañeros de trabajo que, pese a ello, experimentan una profunda sensación de desconexión. Para la autora, ese malestar puede surgir de una vida organizada exclusivamente alrededor de las necesidades de otras personas.
«Veo a mujeres muy cansadas, no saben explicar esta tristeza, este agotamiento, no cae en un diagnóstico clásico de depresión o de ansiedad. Tienen razones para vivir, pero se siente una soledad derivada del hartazgo, del agotamiento y de la autoexplotación. La escribo en el libro porque no es una soledad clásica en un salón sin gente o con una sensación de desconexión. Es una soledad derivada del hartazgo, del agotamiento y de la autoexplotación», explicó.
La escritora mencionó particularmente a las mujeres migrantes que han perdido sus redes de apoyo y a las madres que concentran buena parte de su vida en la crianza. En ambos casos, dijo, puede existir una sensación de vacío que no necesariamente responde a la insatisfacción con la familia, sino a la pérdida de relaciones personales que permiten compartir experiencias, preocupaciones y etapas de la vida.
«Muchas veces lo veo en mujeres migrantes que pareciera que tienen una nostalgia del migrante, pero cuando lo exploramos decimos: ‘Perdiste la tribu, te sientes sola’. Madres que hipermaternan, que están satelitando alrededor de los hijos todo el tiempo, llevando, trayendo, y van sintiendo como una erosión que no saben qué les falta porque están en el matrimonio felices, están contentas de tener niños, de ser mamás, pero al mismo tiempo van sintiendo como una especie de depresión, falta de estimulación, de vivencia de integración y de repartición de las etapas más básicas de la vida que nos caracterizan a las mujeres», afirmó.
En ese sentido, planteó que la construcción de comunidades no debe entenderse como una responsabilidad exclusivamente individual ni como una solución sencilla ante problemas estructurales. Por el contrario, consideró que las redes de apoyo han desempeñado un papel importante en la organización colectiva de personas que enfrentan pobreza, desigualdad y violencia.
Como ejemplo, mencionó a los movimientos feministas y a las madres buscadoras, quienes han construido redes de solidaridad para enfrentar circunstancias que individualmente resultarían mucho más difíciles de sobrellevar.
«Entre más pobreza, entre más vulnerabilidad, entre más desigualdad, lo único que ha sacado adelante a las personas de circunstancias terriblemente desiguales ha sido la tribu. Si tú ves los movimientos raciales, los movimientos feministas, si ves movimientos como por ejemplo las madres buscadoras, donde dices: ¿cómo mujeres que viven en medio de la pobreza, en una circunstancia muy complicada de violencia, ha sido precisamente donde la revolución tiene que darse al unirse y transformar estas circunstancias?», reflexionó.
Otro de los aspectos que González Domínguez aborda en su libro es la dificultad que experimentan algunas mujeres para volver a confiar en otras después de una amistad rota, una traición o experiencias dolorosas durante la infancia. La autora habla de las llamadas heridas de género, que describe como conflictos emocionales que pueden reproducirse entre madres, hijas, hermanas y amigas.
«Muchas veces vivimos en la decepción porque lo hemos entregado todo en una relación, en una amistad, en una amiga, y esa amistad no funcionó por alguna razón u otra. Y muchas veces se ha intentado en varias ocasiones y muchas personas deciden ‘estoy mejor sola, es muy complicado’. Y hay que trabajar esas heridas desde adentro, lo que se llama las heridas de género, que son las heridas que se van heredando de madres a hijas, de amigas entre amigas, que caracterizan a la manera que tenemos de amarnos las mujeres, pero también de herirnos tan particular», explicó.
Por ello, propuso recuperar la paciencia y la disposición para construir amistades, incluso después de experiencias negativas. González Domínguez cuestionó que las sociedades contemporáneas otorguen tanta importancia a las relaciones románticas y, en contraste, dediquen tan poca atención al cuidado de las amistades.
Fuente: sinembargo








